Ganar elecciones es más fácil que gobernar; se necesitan unas cuantas promesas, una campaña hábil y cabalgar sobre los errores del anterior gobierno.
En el caso del ya expresidente Petro, esos errores fueron múltiples y graves: salud, seguridad y corrupción son solo algunos, en ninguno de estos tres puntos vitales el país está mejor de como lo recibió hace 4 años.
Ahora para gobernar no alcanza con videos de IA y rezos matutinos. El nuevo presidente ganó las elecciones (sí, yo no me voy a meter en esa fábula del fraude electoral del que no hay evidencia seria ni creíble)
pero la diferencia fue muy estrecha y políticamente el país está profundamente dividido.
Más de 12 millones de colombianos votaron por la continuidad de un proyecto político al que sintieron cercano a sus preocupaciones sociales.
No se puede gobernar en contra de medio país, y menos a partir del lenguaje violento usado en campaña.
El nuevo gobierno tiene ahora la responsabilidad de dirigir una nación muy compleja, el espejo retrovisor dura poco como excusa; y tanto gobierno como oposición tienen que entender que la sombra de la violencia política
en nuestro país siempre está al acecho.
El periodismo tiene que cumplir con su deber de siempre: vigilar sin miedo la gestión de gobierno y denunciar lo que tenga que ser denunciado. No le corresponde a este ni a ningún presidente determinar cual periodismo es “bueno o malo”.
A Colombia hay que desearle lo mejor;
por siempre será nuestro país, para lo bueno y lo malo es de todos.
Termina el gobierno que acabó con el sistema de salud. En el que crecieron los grupos armados ilegales y el secuestro y la extorsión volvieron a ser pan de cada día. El gobierno que se subió a tarimas con criminales y les permitió desplazarse con total impunidad por el país en camionetas oficiales. El que se reunió en las sombras con “Papá Pitufo” y puso la inteligencia del Estado al servicio de intereses oscuros, mientras acababa con la carrera de oficiales con años de experiencia. El gobierno en el que asesinaron a Miguel Uribe Turbay.
Termina el gobierno que nos quitó la soberanía energética a punta de ideología, que marchitó a Ecopetrol y nos dejó el fantasma del apagón respirándonos en la nuca. El que se endeudó mucho y ejecutó poco, mientras prometía universidades, trenes interoceánicos, aeropuertos y data centers que nunca llegaron. El que despreció la tecnocracia y la reemplazó por la incompetencia. El que se saltó la regla fiscal. El que entregó entidades enteras a personas cuyo único mérito era la cercanía con el presidente. El que engordó el Estado a punta de empleo militante y de ministerios que no sirvieron para nada.
Termina el gobierno que despreció la separación de poderes y la institucionalidad. El que intentó saltarse al Congreso, atacó al Banco de la República y a los jueces con una narrativa de “golpe blando” que nunca fue real. El que arremetió contra el sistema electoral cuando no le gustó el resultado. El que hizo hasta lo imposible por llevarnos por el camino de una constituyente.
Termina el gobierno en el que siempre hubo una excusa. El que deja altos funcionarios presos y prófugos por corrupción. El que graduó de traidores a quienes lo acompañaron y osaron contradecir la voz presidencial.
Hoy termina el gobierno que incendió las calles. El que dejó al país en un estado tal que la gente no vio otra alternativa que elegir a Abelardo de la Espriella.
Adiós, @petrogustavo.
Abelardo salió picado.
Uribe dijo que en el Centro Democrático trabajarían como abejas y las abejas terminaron picando al tigre. Pero la metáfora va más allá. En el toreo, la pica busca obligar al toro a bajar la cabeza. De La Espriella quiso hacer algo parecido con Uribe. Lo ignoró, lo provocó y lo desafió para demostrarle quién mandaba en la nueva derecha. Pero calculó mal. Quien terminó picado fue Abelardo y ahora será él quien tenga que bajar la cabeza.
La derrota de Alfredo Deluque en la elección de presidente del Senado fue una torpeza política monumental. Antes de posesionarse, Abelardo consiguió lo que parecía imposible: unir a Uribe y al Pacto Histórico en su contra.
Pero esa alianza no surgió de la nada. Abelardo la fue construyendo, desplante tras desplante. Uribe lo apoyó después de la primera vuelta y no recibió ni siquiera un agradecimiento público. Tras la victoria, el Centro Democrático se declaró partido de gobierno y tampoco hubo reconocimiento. Ni una llamada. Cuando llegó el momento de definir las mesas directivas, Abelardo trató a Uribe y a la bancada más grande de su coalición como actores secundarios.
Luego, en plena puja por la elección del presidente del Senado, nombró como ministra a Paola Holguín. El nombramiento se defiende por sus méritos, pero se leyó como un desafío: aquí hay vida para quienes estén dispuestos a dejar a Uribe. Fue otra banderilla.
El error fue creer que ya no necesitaba a Uribe porque había sacado trece millones de votos. Confundió el respaldo de los electores con la obediencia del Congreso. Pensó que ganar la Presidencia le entregaría las llaves del Capitolio, pero Honorio Henríquez acaba de demostrarle que no es así.
Y no fue una derrota estrecha. Honorio sacó 56 votos y Deluque 45. Once votos de diferencia son una paliza considerable. Si hubiera perdido por uno, podría pensarse que un senador se torció a última hora. Pero para cambiar el resultado, seis senadores habrían tenido que cambiar de bando. Abelardo no perdió una mayoría precaria, al parecer nunca la tuvo.
La derrota también es estruendosa para Rodrigo Lara. Su único trabajo era conseguir esos votos. O creyó que tenía una mayoría inexistente, lo que revela una grave desconexión con el Congreso, o sabía que los números no alcanzaban y prefirió decirle al jefe que todo iba bien. Incompetencia o adulación, el resultado fue el mismo.
Y aquí aparece el problema más preocupante. De La Espriella parece rodeado de personas dispuestas a confirmarle que siempre tiene razón, pero alejado de quienes podrían decirle cuándo se equivoca. Ya había recibido un primer llamado de atención en la segunda vuelta, cuando una elección que parecía asegurada terminó siendo mucho más estrecha de lo esperado.
El dato histórico agrava el golpe. Desde 1994 ningún presidente electo había sido derrotado en la elección del primer presidente del Senado, el mismo que le impone la banda presidencial. Abelardo no solo perdió su primera votación en el Congreso, sino que dejó la ceremonia de su propia posesión en manos del hombre que lo derrotó.
Sin embargo, Uribe tampoco sale ileso. Sus electores esperaban que acompañara al nuevo gobierno sin abrir otra guerra dentro de la derecha. En cambio, terminó celebrando una victoria al lado de Iván Cepeda y el Pacto Histórico. Puede tener un argumento parlamentario legítimo, pero la imagen es difícil de explicar.
Faltan dos semanas para el 7 de agosto y cuatro años por delante. Abelardo quiso picar a Uribe para obligarlo a bajar la cabeza, pero fue él quien recibió la pica. Ahora le toca acercarse, negociar y reconstruir una relación que deterioró sin necesidad. Y le conviene hacerlo rápido, porque el primer año es el único en el que un presidente tiene capital político de sobra, y él empezó a gastarlo antes de posesionarse.
Bonito Lunes con ritmo de girasol ⚽️☕️📕☕️
"Mi mirada es nítida como un girasol.
Tengo la costumbre de andar por los caminos
Mirando a derecha e izquierda, Y de vez en cuando mirando atrás...
Pessoa
Este resultado es solo consecuencia de cómo Petro ejerció la Presidencia: el deterioro de la dignidad del cargo, los escándalos de corrupción, la polarización permanente, el desprecio por las instituciones, la pérdida de la esperanza, la sensatez y la confianza en la democracia. Y también de quienes durante cuatro años, como focas, aplaudieron todo sin espíritu crítico.
A los petristas: dejen ya de dividir, dejen de decir que ustedes son los buenos y que todos los que votaron por Abelardo son asesinos. Son colombianos que se levantan a trabajar todos los días por un país mejor, como ustedes. Y acepten que Petro fue abusivo y violó las leyes.
Insisto en que el petrismo carece de autocrítica.
No perdieron por un robo ni por un fraude; perdieron porque una parte importante de los colombianos hizo un balance negativo de su gobierno: la crisis de la salud, la inseguridad, los escándalos de corrupción y el profundo desgaste institucional.
Hablar de un “robo” porque el resultado no los favorece es irrespetuoso con los colombianos, con las instituciones y con los miles de ciudadanos que hicieron posible la jornada electoral.
No es posible hablar de “robo” simplemente porque el resultado no los favorece. Sus actitudes demuestran un profundo desprecio por la democracia.
Mi mejor amiga votó por Abelardo. Mis dos grandes amigos, en blanco. Igual que mi mamá, que estuvo montándosela a mi papá, que votó por Cepeda. Mi esposa votó por Abelardo. Mi hermana, por Cepeda. Y yo, en blanco.
Hoy me reí con todos a través de los chats. Hablamos de expectativas, de preocupaciones y de lo que viene.
Detrás del telón, los políticos harán cosas de políticos. Por eso, nada de lo que pase vale la pena para pelearse por este resultado con alguien que uno quiere.
Las elecciones terminan. Las relaciones que nos salvan la vida siguen.
¿Pensar diferente a la izquierda, nos hace indignos ? ¿Nos hace privilegiados y egoístas? ¿Nos hace indiferentes ? Y cuando gana la izquierda: ¿todo es de la misma manera?. Perder amigos y familia por la forma en cómo pensamos es lo justo? ¿A eso le llaman empatía?
Que ud no este de acuerdo con el resultado de las elecciones esta bien, pero desear que al pais le vaya mal solo para tener la razón despues? coma mucha mierda y madure 🙏🏻👍🏻