Esta catástrofe es un recordatorio doloroso de todo lo que no se hizo, de todo lo que se abandonó y de todo lo que jamás debió ocurrir. Ojalá sea también la señal inequívoca de que el tiempo de quienes han despreciado la vida y la dignidad de un pueblo está llegando a su fin.
Quizá incurra en la repetición, pero hoy las palabras de consuelo cuentan. El apoyo moral reconforta. La esperanza de volver a ver una Venezuela libre es más fuerte que el desaliento.
Que nadie convierta esta tragedia en un acto de politiquería. Pero tampoco ignoremos lo evidente
Venezuela posee un pueblo noble, alegre, valiente, participativo y profundamente solidario; gente amable, cordial, carismática, con un corazón inmenso y siempre dispuesta a tender la mano a quien más lo necesita.
Sin embargo, confieso que en momentos como este resultan profundamente incomprensibles.
Suena contradictorio, pero el Dios que nos creó suele poner las pruebas más duras sobre los hombros de sus mejores guerreros. Y, al mismo tiempo, les concede las mejores armas para luchar.
Por el otro lado, la desidia, la ineptitud y el abandono de quienes, hasta este momento, han tenido la responsabilidad de gobernar.
Pareciera que los designios divinos fueron otros, y ¿quién soy yo para cuestionarlos?
No quería pronunciarme, pero mi alma me pide a gritos escribir, aunque pareciera que todo ya ha sido dicho.
Por un lado, el inmenso quebranto que hoy vive mi país: familias enteras destrozadas, pérdidas irreparables y un dolor que no alcanza a describirse con palabras.
@blancoloboo@Retro_Series@PoleoRafael El que era de O,50 se llamaba real,
El 0,25 era el medio
El 0,125 o 12 1/2 era la locha
Que me acuerde no había 0,10
Y la puya era 0,05 y no la llamábamos mocha