A veces ves todas las señales, sabes exactamente lo que viene y aun así dices que sí.
Porque la hipoteca no espera a que aparezca el cliente ideal.
No hay juicio. Solo realidad.
Cada cliente difícil que has tenido te ha dejado algo: Una pista más de lo que no quieres repetir.
Sin quererlo, te han ido acercando al cliente que sí buscas.
Los sapos tienen su utilidad.
Una redflag de cliente que pocas veces falla:
Primera pregunta: ¿cuánto cobras?
Segunda pregunta: ¿por qué tanto?
Para. Ahí ya tienes todo lo que necesitas saber sobre cómo va a ser trabajar con esa persona.
Encontrar un buen cliente no tiene tanto que ver con su sector ni con el tamaño de su empresa.
Tiene que ver con si valora lo que haces, respeta tus horarios y paga sus facturas sin que tengas que perseguirle.
El cliente que dice "es una tarea rápida"
es el mismo que luego pide tres reuniones, siete cambios y lo quiere para mañana.
Ya lo sabes. Y aun así, a veces pica.
El día que se cae una web, falta una contraseña o tú no puedes trabajar, no agradeces tu memoria.
Agradeces haber documentado. Porque tu memoria puede fallar cuando más la necesitas.
No necesitamos más sistemas rígidos.
Necesitamos sistemas que se adapten a cómo trabajamos hoy, no a cómo deberíamos trabajar según Instagram (o el gurú de turno).
El problema no era el timeblocking.
El problema era intentar encajar una realidad cambiante (clientes, fuegos, vida) en bloques rígidos que no se movían.
Confesión profesional: he dejado el timeblocking.
No porque sea malo, sino porque llegó un punto en el que me daba más ansiedad que foco. Y ningún sistema debería hacerte sentir que nunca llegas.