Hoy he salido del juzgado con una profunda sensación de tristeza.
Antes de una vista de familia, la jueza, la fiscal y los abogados intentábamos acercar las posiciones de los progenitores para alcanzar un acuerdo y evitar el juicio. En esas conversaciones a puerta cerrada, el compañero de la otra parte expuso un régimen de visitas que no se correspondía con el que se estaba llevando a cabo.
Que se falte a la verdad precisamente en esa fase, cuando todos intentamos encontrar una solución, me resulta especialmente doloroso. Esa no es la forma en que quiero ejercer la abogacía ni la abogacía de familia que creo que deberíamos construir.
Al terminar, por primera vez en 34 años de ejercicio, no me sentí capaz de estrechar la mano de un compañero. Me entristeció llegar a ese punto, porque siempre he defendido el respeto entre profesionales, incluso cuando nuestras posiciones son opuestas.
La honestidad y la ética entre compañeros son esenciales para poder negociar. Defendemos los intereses de nuestros clientes con firmeza, pero no todo vale para hacerlo. Hoy me he ido preguntándome qué ocurre con nuestra profesión cuando perdemos de vista ese límite.
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