— La sal goteaba entre los mechones platinados de su frente, podía sentir el corazón a mil por hora gracias a la adrenalina que solo en aquellos momentos de acción podía encontrar. Nada le llenaba como el sentimiento de bailar al filo de la vida y la muerte, >
excepto tal vez las mujeres.
Con la espada en alto y en un sonoro grito de guerra se lanzó contra el primer vigía que tuvo el valor de interponerse en su camino, con el sonido del acero contra el acero daba >
- Con todo el alboroto causado por el reciente atentado a la ciudad, Rhaegar apenas había tenido tiempo de saborear la noticia de que su línea familiar contiuaba creciendo. Nada deseaba más que acompañar a Gevaenyra, sin embargo, su papel en el consejo le exigía hacerse
cargo de la expedición, misma que comenzaría la mañana siguiente.
Una sensación agridulce le inundó el pecho cuando tomó asiento para compartir la cena con su amada esposa, la que sabía sería la última en un largo tiempo. -
¿Cómo está el lucero de mis mañanas?
>