—Parece ser entonces que esta situación es colectiva.
Y de gran interés, al parecer, claro que incluso para aquellos acostumbrados al status quo estas fluctuaciones eran esperadas y no siempre terribles, aquello marcó atención en el Rey. Así mismo, elevó su atención al relato de
—Helado, cierto es. Recuerdo verlo encantado en ciertos banquetes, ¿me recordaría sus favores favoritos, Ajax?
Aunque la ultima vez que comió o mejor dicho, le tiraron helado en la cara fue hace pocas semanas. Tal recuerdo resulta abrumador y molesto.
—¿Y conocía a ese «alguien»?
No quería perder la paciencia, pero detestaba que le contaran la información a cuenta gotas, ¿quién se creía ese mozalbete? Aun así, su preocupación paternal se hizo gala.
—Es importante que me lo diga, joven Rowan. A lo mejor, resulta algo que
—Señorita Galinda, es tan bueno verla hoy. Imagino que sería redundante ofrecerle galletas, pero acepte el capricho de este profesor.
Dijo con una sonrisa, saludando a la recién llegada estudiante.
—No diga eso, Rowan.
Negó con firmeza, y se acercó al varón para brindarle un poco de contención. Oyó sus palabras, empezando a cruzar la información. Le volvió a ofrecer.
—Coma un poco de azúcar, va a calmar su mente. Es obvio que usted es una persona muy atenta, y sensible…
—Disculpa que me entrometa, caballero Rowan.
Aclaró, en tanto permitía que el ajeno se sirviese las galletas. Le dió curiosidad lo que mencionaba, y que probablemente llamaría la atención de Ajax también.
—¿A que se refiere con ese señor de fuego?
—Tengo mis maneras, joven Ajax.
Dijo con simpatía e incluso él tomó una de esas galletas, comiéndola con mesura aunque con modos no tan refinados, dado que le gustaba demostrar que podía actuar como cualquier otro mortal.
Su sonrisa delataba el gusto por la azucarada cuestión.
—Caballero Rowan, buenos días, ¿se cayó de la cama?
Preguntó a modo de jocoso saludo, también le ofreció dulces de jengibre si deseaba.
—Por favor, deleitese.
—Sorprendido con los acontecimientos, pero una buena estrategia es anticiparse a tales acontecimientos.
Dijo con simpleza, sin estirar más la situación. Le ofreció la caja, hermosa, fundida en madera de ébano con cristales que permitían ver los dulces.
—¿Gustaría de probar…
Para él, la navidad si representaba un acontecimiento de lo más clave. Un saco formal de corte real le vestía en color morado regio o azul marino profundo, con hombreras estructuradas y charreteras militares doradas con flecos muy llamativos.
Caminaba con una delicada caja con
—En efecto, dama Desireé. Soy de los que comen por los ojos, como así se indica. Puede tomar una si desea.
Aunque no le parecía apropiado comida que él tocó, no omitió aquello.
—No ha de preocuparse por los fantasmas, dama Raelynn. Buenos días, por cierto.
—La espada pertenece a la señorita Brienne.
Si vió la bochornosa caída, más evitó dramatizarla al haber sido abordado por las damas. Aún así, con un desdén absolutamente oculto en un semblante preocupado fue hacía Percy, abandonando el arma por un momento.