—Pobre árbol. —Masculló acercando la mano a la corteza del árbol para acariciar con la yema de los dedos el corte. Permaneció quieta un momento, dudando en si debía entrar o no, por otro lado, la curiosidad le carcomía las entrañas, ¿qué secretos guardaba?—. Vaale.
¡No!
-Responde bastante más ofendida de lo que debería por una broma tan absurda.-
Es esta casa, acuérdate, la que tiene el árbol marcado.
-Ella misma lo marcó con el cutter, un anguloso gato enfadado, su firma.-
Vamos dentro, y quítate los zapatos al entrar, eh.