He nacido para reinar, y mi vida por amor entregar, en un mundo de tinieblas mi luz no se apagará, al mirar el cielo verán mi estrella y me encontrarán.
Cordelia miró su reflejo en el espejo.
El cabello desordenado.
La respiración pesada.
Las zapatillas rojas.
La mujer que había pasado años intentando escapar.
El hombre permaneció inmóvil.
Como si supiera que lo siguiente era todavía peor.
Cuando ella volvió a abrir los ojos, él añadió con voz grave:
—Hay un avión esperándola. El Consejo Privado solicita su presencia inmediata en Londres.
Cordelia cerró los ojos.
Pensó en Diana. Pensó en su abuela Isabel. Pensó en todas las conversaciones que habían quedado pendientes con él.
Y, por primera vez desde que había abandonado Inglaterra, comprendió que la vida que había construido en Nueva York acababa de terminar.
El hombre bajó la mirada apenas un segundo.
—Lamento informarle que Su Majestad el Rey ha fallecido.
El tiempo pareció detenerse.
La música seguía sonando.
Algún automóvil tocó la bocina en la calle.
Alguien reía detrás de una pared.
Ella supo, antes de que hablara, que no traía buenas noticias.
El hombre avanzó unos pasos.
—Su Alteza.
Nadie la llamaba así en Nueva York.
Nadie.
El estómago se le hundió.
—¿Qué ocurrió?
El golpe seco de una puerta al abrirse rompió el silencio.
Cordelia se detuvo.
Al otro extremo del estudio había un hombre que reconoció de inmediato. Traje oscuro. Paraguas mojado. La expresión rígida de ese alguien que había ensayado demasiadas veces una misma frase.
Durante unos minutos no hubo reyes, ni periódicos, ni fotógrafos. Solo el movimiento. Solo el cuerpo respondiendo a la música como lo había hecho desde que era una niña.
Giró una vez.
Dos.
Tres.
Y por un instante volvió a sentirse libre.
Era uno de los pocos recuerdos que conservaba de él sin una corona de por medio.
Sonrió apenas al recordarlo.
Luego se puso de pie.
La música comenzó a sonar.
Cordelia se encontraba sola frente al espejo, ajustando las cintas de sus zapatillas de punta. Eran las rojas.
Las había guardado durante años en una caja que apenas abría.
Su padre se las había regalado para una función especial de The Red Shoes años atrás.
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El estudio estaba vacío a esa hora.
Las ventanas altas dejaban entrar la luz gris de la tarde neoyorquina, y el sonido de la ciudad llegaba amortiguado, como si perteneciera a otro mundo.
@k1ng0fcards Bueno, soy una amante de la gastronomía. . en realidad, de comer. Mi abuela diría que no es correcto que una princesa diga esto, pero lo disfruto mucho.