El día del fin del mundo comí sushi. Se fue la luz de casa (eso creía yo) poco antes de salir a una comida de trabajo. Creí que sería en el edificio. Al llegar a la avenida vi que no funcionaban los semáforos y que era algo más general, pero no sabía cuánto. En Atocha sí que funcionaban (imagino que por unos minutos), pero poco a poco iba quedando claro que algo gordo pasaba: internet, conversaciones al vuelo («España y Portugal...»). Apagué el podcast que estaba oyendo, desconecté el Bluetooth y puse el móvil en modo ahorro. Comí sushi con un fotógrafo con el que comparto proyecto en una terraza al sol, con raro ambiente de domingo de agosto. Extrañísimo. Pero llevaba efectivo encima, el restaurante servía (sólo sushi y bebidas) y había una mesa libre. La gente estaba nerviosa y tranquila la vez. Seguían oyéndose cosas («Media Europa», «nucleares»...). Había algo relajadamente festivo e inquieto en el ambiente, al menos donde comí. El comportamiento a mi alrededor, en la caminata de una hora y allí mismo, fue, incluso en las grandes avenidas —antes espesas, detenidas ya—, enormemente cívico y colaborador; también los conductores hacia los peatones. Había —y había muy pronto— muchos agentes de movilidad urbana ordenando la situación, algunos en vaqueros y con chaleco reflectante. Vi cosas bonitas al andar. Un coche (un Mini particular) aparcado con las ventanas bajadas y la radio alta, para que la gente pudiera estar informada. Gente a quien le funcionaba el teléfono y se lo ofrecía a otra, por si podía conectar con sus hijos o con quien fuera. Mientras cruzaba la Castellana, le di las gracias a un municipal que regulaba el trafico y sentí el agradecimiento con que recibía y devolvía algo tan simple. Siempre he sostenido que la sociedad civil española es cojonuda, muy superior a la clase política. Es casi emocionante, en lo puramente técnico, cómo puede resolverse algo así; cuántas cosas funcionan cada día; cuánta gente sabe lo que hay que hacer y lo hace, y lo hace bien. No sé qué pasaría en tres días de apagón, o en quince, con el miedo y la carestía, pero oyes a ingenieros explicando los protocolos y resulta admirable cómo está todo previsto para que todo marche y cómo regresa a su lugar en unas horas, sin grandes dramas ni destrozos. No es una situación de supervivencia, claro, fueron menos de doce horas (aunque de apagón total), y, en todo caso, no hablo de eso, sino de cómo marchan las cosas porque la gente hace lo que le toca, vote a quien vote, piense lo que piense.
Mientras cruzaba el Retiro, lo clausuraron sin avisar. Al llegar a Mariano de Cavia, ya habían cerrado todas las puertas y tuve que salir por Atocha, desandando mucho, así que caminé bastante, sin incidentes. En casa no hubo electricidad ni conexión de ninguna clase hasta casi las 23:30, pero tenía una radio a pilas y estuve informado. Como tenía el ordenador cargado, hasta pude trabajar en el borrador del artículo del sábado, que entrego el miércoles. No abrí el congelador, por si acaso, y la nevera una vez, para sacar rápidamente una ensalada y unos yogures, que cené con unos frutos secos mientras aún quedaba un resto de luz, aunque tenía linterna. Cuando volvió la electricidad, estaba ya casi dormido, me despertaron las luces que habían quedado encendidas.
El fin del mundo me tocó en un día bueno: primero, en la calle y sin coche, y luego en casa, sin viajes ni entrevistas, sin reuniones, un raro día sin apenas agenda externa, salvo esa comida, que fue agradable y productiva y en la que todo el mundo estuvo bien: los clientes, las camareras, el cocinero, la dueña... Todo el mundo era consciente de la situación y colaboraba. Somos un país bastante civilizado, creo yo.
Otros habrán vivido otras cosas, no digo que se posaran pájaros azules en los techos de los coches, pero personalmente viví una reacción —al menos ante mis ojos— muy cívica.
Y lo más importante: el sushi estaba bien.
PROGRAMA 522: ROSWELL Y ÁREA 51, DOS MISTERIOS QUE CONTINUAN, con @Javier__Sierra.
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Hoy se estrena #ReinaRoja. Un thriller con corazón, monos y tortilla de patatas, con unos inmensos @vickyluengo y Hovik Keuchkerian.
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