Hoy vengo a contarte algo que quizás no sabías de la gran Maggie Smith.
Tenía setenta y dos años, recibía quimioterapia contra un cáncer de mama y, aun así, en el rodaje de Harry Potter, casi nadie sabía por lo que estaba pasando.
Se quedó calva y usaba una peluca. "Era como un huevo cocido" explicó.
Entre una toma y otra, se sentía tan enferma que a veces sentía que podía morir. La peluca era suficiente para ocultar la pérdida de cabello provocada por el tratamiento. Bajo aquel moño gris cuidadosamente sujeto, no quedaba pelo desde hacía meses.
Mientras tanto, millones de niños en todo el mundo se sentaban en salas de cine para ver a la profesora McGonagall proteger a sus alumnos en Hogwarts. Pero la actriz que la interpretaba libraba en silencio otra batalla: seguir viva.
Siguió trabajando. Maggie ya había conocido ese miedo antes. Años atrás, había descubierto un bulto en el pecho. Por fortuna, resultó benigno. Así que, en 2007, cuando notó una nueva masa, entró en la consulta médica pensando que el resultado sería el mismo.
Estaba en pleno rodaje de Harry Potter y el misterio del príncipe, la sexta entrega de la saga que había convertido a su imponente profesora McGonagall en una heroína para toda una generación.
Pero esta vez, el diagnóstico fue distinto. El cáncer era real. El tratamiento iba a ser muy duro. Aun así, el calendario de rodaje no podía detenerse fácilmente. Millones de seguidores esperaban la película. Los equipos llevaban meses comprometidos. Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint, aquellos tres jóvenes actores que habían crecido a su lado en los rodajes, todavía tenían trabajo por delante.
Entonces Maggie Smith tomó una decisión que pocas personas habrían podido tomar.
Se sometería a la quimioterapia.
Rodaría la película.
Y haría ambas cosas al mismo tiempo.
Con una discreción absoluta.
La quimioterapia le dejó sin fuerzas, más tarde dijo que a veces se sentía tan mal que no le habría importado morir.
Y, aun así, seguía presentándose en el rodaje.
Entre tomas, permanecía agotada, con náuseas, golpeada por el tratamiento. Luego llegaba su turno. Se levantaba, caminaba hasta el plató, decía las frases precisas y mordaces de la profesora McGonagall con esa voz inconfundible de Maggie Smith.
Daniel Radcliffe no lo sabía.
Emma Watson no lo sabía.
Rupert Grint no lo sabía.
Gran parte del equipo no lo sabía.
Terminó Harry Potter y el misterio del príncipe.
Luego volvió para las dos últimas películas de la saga.
La mayoría de las personas en su estado habría dado un paso atrás.
Ella hizo lo contrario.
Se repetía que seguiría adelante, aunque tuviera que hacerlo tambaleándose.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Durante el rodaje de la última etapa de la saga, su cuerpo volvió a resentirse. Desarrolló un herpes zóster.
Y, aun así, continuó trabajando.
Durante años, llevó ese proceso con una discreción feroz.
Sin comunicados dramáticos.
Sin entrevistas.
Sin convertir su dolor en espectáculo para alimentar su propia leyenda.
Simplemente iba a trabajar, hacía su oficio… y luego volvía a casa para sufrir en privado.
No fue hasta 2009, después de terminar el tratamiento, cuando aceptó hablar de ello en una entrevista.
Entonces el mundo comprendió algo profundamente conmovedor.
Mientras los espectadores veían a la profesora McGonagall defender Hogwarts, la actriz que la encarnaba luchaba en silencio por salvar su propia vida.
“El cáncer es horrible”, declaró.
“Te deja sin aliento. Te aplasta por completo.”
Aquella experiencia cambió profundamente su relación con el oficio.
A los setenta y cinco años, aceptó un nuevo papel en una serie dramática británica de época llamada Downton Abbey.
Y ese papel logró algo que dos premios Óscar, un premio Tony y décadas de triunfos teatrales no habían conseguido de la misma manera: convertirla en una figura reconocible para nuevas generaciones en todo el mundo.
Ganó varios premios Emmy por ese papel a lo largo de la serie.
Era una de las actrices más premiadas de su generación, y ella misma decía, con una especie de asombro divertido:
“Tuve una vida perfectamente normal hasta Downton Abbey. Nadie sabía quién demonios era.”
Y continuó.
En 2023, a los ochenta y ocho años, todavía apareció en El club de los milagros.
Seguía trabajando.
Seguía presentándose.
El 27 de septiembre de 2024, Maggie Smith murió en un hospital de Londres, a tres meses de cumplir noventa años.
Sus dos hijos comunicaron que se había ido en paz y que había mantenido su vida privada hasta el final.
Ahora, Maggie Smith es recordada por todos como una Leyenda.