Esta cualidad innata para el mundo de la ilustración tendrá su repercusión en el lenguaje becqueriano de las leyendas y de algunos artículos periodísticos dedicados a la crítica de arte, especialmente con el amplio y preciso uso de adjetivos sensoriales.
Ya se ha comentado como Gustavo Adolfo está en contacto permanente con el mundo de la pintura, gracias al número de pintores que hay en la familia (su padre, su hermano, su tío).
Basta con echar un vistazo a los dibujos que aparecen en el Libro de cuentas que el joven Bécquer usa como lienzo, para comprender que el desarrollo de su vocación literaria era una más de las habilidades con las que nuestro poeta pudo alcanzar la gloria.
Al ver la colorista descripción de la ciudad, no resulta extraño que tras su paso por el Colegio de Náutica de San Telmo (1846-1847), forme parte del taller de pintura de Antonio Cabral Bejarano (1850)
Aquellos que rodearon al poeta y lo conocieron de forma más íntima, como por ejemplo Ramón Rodríguez Correa o Narciso Campillo, señalan en sus testimonios tras la muerte del escritor cómo éste destacaba en el campo del dibujo y la música.
Por un lado se ven las blancas azoteas de Sevilla, los campanarios de sus iglesias, los moriscos miradores, la verdura de los jardines que rebosa por cima de las tapias, los torreones árabes y romanos de los muros (...).»
(«La feria de Sevilla», El Museo Universal, 25-abril-1869)
Figuraos al través de la gasa de oro que finge el polvo su llanura tendida y verde como la esmeralda, el cielo azul y brillante, el aire como inflamado por los rayos de un sol de fuego que todo lo rodea, lo colora y lo enciende.
Para comprender el impacto que supuso su llegada a la corte debemos imaginarnos una Sevilla luminosa, cargada de olores especiados y revestida de mil colores.
La primera confrontación importante tiene lugar cuando Bécquer, gracias a una aspiración compartida con sus amigos de infancia, Narciso Campillo y Julio Nombela, decide marchar a Madrid en 1854 en busca de fortuna literaria.
Gustavo Adolfo, que nació en Sevilla un 17 de febrero de 1836, fruto del matrimonio entre José María Domínguez Bécquer y Joaquina M.ª Bastida, no adopta estas dicotomías de forma artificial, como muchos otros poetas del momento.