Dónde estará, mi querido Ulises, en qué rincón del mundo habrá dejado de escribir. Yo siempre admiré su escritura, y siempre se lo recordaba. Él fue uno de mis mayores referentes, y te doy nuevamente las gracias estés donde estés, me llegues a leer o no. Te admiro.
Al fin y al cabo, hasta la herida que se resiste a sanar, algún día, es cicatriz.
Una vez fui la historia trágica o bonita de alguien que parecía no tener fin, y ahora solamente soy un recuerdo, bueno o malo, que un día el viento limpiará y sólo habrá la sensación de algo vivido
Vida, te agradezco los pequeños lujos: mi almohada, mi cama, la ducha, el café. Todo parece seguro, pero el viento sopla y las cosas cambian. Por eso quiero dar las gracias.
Que hermosa la gente que transmite belleza con su forma de vivir. Lo que mira. Lo que observa. A lo que le presta atención. Incluso algo tan inocente como un comentario al azar. Como Serdar Ozkan cuando dice: hay personas que tienen el sol adentro de ellas. Es difícil de explicar
Estoy orgulloso en lo que no me he convertido. He visto la belleza en aquello que intentó destrozarme, en la tristeza y en lo que me dejó temblando.
Y aquí voy
en pleno otoño
dejando mis hojas
a orillas del lago.
Y otro viene detrás
pisándolas.
Si algún día decido ya no caminar a tu lado, por favor no vayas detrás mío. Te lo suplico, no lo hagas. Somos horizonte y somos las primeras estrellas que aparecen a distancia dentro del atardecer. Y, de pronto, nos acordamos adonde hay que ir porque hemos envejecido.
Hoy celebro los logros propios, ya no los ajenos. Me la viví encendiendo fuegos artificiales cuando alguien conseguía el trofeo, que olvidaba encenderme las velas cuando salía de una depresión, bache o ansiedad.