Él es el Alfa y la Omega, el que estuvo antes de que tus ojos se abrieran y el que seguirá reinando cuando ya no quede tiempo. Es el principio que te soñó con ternura y el final que ya venció por amor.
Estuvo antes de tu caída, cuando aún no sabías cuánto ibas a doler, y seguirá después de tu restauración, cuando ni tú mismo creías que ibas a sanar. Es el Dios que habitó el caos sin escándalo, que caminó contigo en la oscuridad aunque no lo vieras, el que no te soltó mientras gritabas en silencio.
Cuando todo se derrumba, cuando los muros caen, cuando ya no hay fuerzas para orar ni palabras para explicar el dolor, ahí sigue Él. Silencioso, sí, pero presente, paciente, invicto.
Cuando creas que todo se terminó, cuando el miedo haga más ruido que la fe, cuando la vergüenza intente convencerte de que no hay regreso, recuerda esto: la última palabra no la tiene el fracaso. No la tiene la herida, ni el diagnóstico, ni el abandono. La última palabra la tiene Aquel que escribe con eternidad, y su voz no tiembla, su amor no cambia y su plan no fracasa.
Tú solo sigue caminando, aunque sea lento, aunque no veas el final, porque el Alfa ya te soñó y la Omega ya te aseguró la victoria.