Aristóteles creía que las salamandras eran inmunes al fuego y que podían andar sobre las llamas. Sí, y la opinión de Aristóteles pesaba mucho y por eso, durante siglos, los reyes y poderosos del Mundo envolvieron sus posesiones más preciadas en pieles secas de salamandra cosidas entre sí para que, supuestamente, las preservaran del fuego en caso de incendio. Valían una fortuna y los comerciantes griegos, tan avispados como sus filósofos, empezaron a traer misteriosas telas de oriente realmente inmunes al fuego y que, según decían, estaban tejidas con «Lana de las salamandras gigantes de la India». Sorprendentemente, aquellas carísimas y misteriosas telas sí eran inmunes al fuego. ¿De qué salamandra gigante provenían? De ninguna: se trataba de asbesto natural extraído de las minas de Tayikistán. Pues en efecto, el asbesto o amianto, es inmune al fuego. Pero claro, quedaba más misterioso y más conforme a lo dicho por Aristóteles, decir que era lana de salamandras en vez de contar la verdad y explicar que era una sustancia formada por la mezcla de varios minerales.
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1275: el fin de un sueño imperial. Ese año Alfonso X recibió del Papa el definitivo «No» a su pretensión a ser coronado Emperador del Sacro Imperio romano. A la par, en el Estrecho de Gibraltar, en mayo, 5.000 jinetes benimerines tomaban tierra e iniciaban una dura guerra contra Castilla. El peligro creció y para julio, los benimerines contaban ya con 18.000 jinetes y una poderosa flota y a esas fuerzas se sumaban apoyos nazaríes. Pero Alfonso estaba lejos, cerca de Aviñón recibiendo el «No» del Papa y su hijo, don Fernando de La Cerda, que acudía a combatir a los invasores, murió en Ciudad Real: todo había salido mal y el sueño que desencadenó la embajada de Pisa en 1256 ofreciendo su apoyo para que Alfonso fuera Emperador era ahora una pesadilla. ¿Pero pudo salir bien? Estuvo a punto de hacerlo y en Muerte en Toledo te lo cuento.
En septiembre de 1260 se decidió la suerte del mundo en una batalla: la de Ain Yalut. En esa jornada los mamelucos derrotaron a los mongoles, gracias al genio militar de Baibars . Casi de inmediato, Baibars eliminó al sultán de Egipto, Qutuz, y tomó el poder. ¿Sabes a quién envió su primera embajada? No la envió a Venecia, ni al Papa, ni al Emperador de Nicea, ni al de Constantinopla, ni al sultán meriní de Marruecos... No, se la envió a Alfonso X El Sabio. ¿Sabes por qué? Nadie lo cuenta, pero Baibars sabía muy bien que hacía y por eso envió a Sevilla la más lujosa embajada que contemplara la Edad Media. Si no te quieres quedar con las ganas de saber más el 10 de junio tienes tu gran oportunidad: ¡Muerte en Toledo llega a las librerías?
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Ayer, junto al doctor Francisco José Jiménez Espejo, tuve el honor de impartir una conferencia en la Escuela de guerra y liderazgo del ejército. La labor de esta institución es realmente notable y contribuye a que tengamos uno de los mejores ejércitos del mundo en cuanto a su componente humano. Fue toda una experiencia poder dirigirnos a los señores Oficiales que asistieron y a los que ofrecimos un análisis táctico, operacional y estratégico de la batalla de la laguna de la Janda, en la que el rey don Rodrigo fue derrotado por el ejército del califato omeya de damasco.
Gracias al coronel Salgado y al comandante Fernando Manrique Montojo, por la invitación y por su amabilidad y cercanía.