Estoy esperando a mis hijos a la salida del colegio. Una niña empieza a repartir invitaciones para su cumpleaños entre varios compañeros. Uno de los niños se acerca sonriendo y pregunta: “¿Y la mía?”. La madre de la niña se agacha y le dice con mucha calma: “Tú no estás invitado”. Se hizo un silencio bastante incómodo. Otra madre intervino: “Hombre, pobre niño, tampoco hace falta hacerle esto delante de todos”. Entonces ella respondió...
“Lleva meses insultando a mi hija, escondiéndole cosas y consiguiendo que vuelva a casa llorando. No voy a obligarla a celebrar su cumpleaños con alguien a quien tiene miedo solo para que nosotros quedemos como buenos padres”.
Nadie respondió.
El niño bajó la mirada y se fue con su padre. La niña siguió repartiendo invitaciones.
La escena me dejó bastante tocado porque durante unos segundos yo también había pensado que aquella madre estaba siendo cruel.
Hasta que conocí la otra mitad.
A los niños les enseñamos que deben compartir, perdonar, incluir y ser buenos con todo el mundo.
Pero quizá también deberíamos enseñarles algo más incómodo:
Que ser buena persona no significa darle acceso a tu vida a quien te hace daño.
Y que poner un límite puede hacer llorar a alguien sin convertirte automáticamente en el malo de la historia.