El bucle ayusista:
1) Ayuso suelta una salvajada.
2) Los medios publican la salvajada.
3) El vídeo de la salvajada corre.
4) La gente normal flipa con la salvajada y la critica.
5) Se abre un debate sobre la salvajada.
6) La salvajada se viraliza.
7) Sus fans le aplauden a ella y a la salvajada.
8) Pasa el día y solo se ha hablado de Ayuso y su salvajada.
9) Se vuelve al punto 1.
Igual habría que darle una vuelta.
Cuando hay incendios forestales, siempre me acuerdo de la que debe ser la profesión mas loca del mundo: los smokejumpers.
Bomberos que SALTAN EN PARACAIDAS AL LADO DEL FUEGO.
Operan sobre todo en Rusia y Norteamérica y son un tipo de bombero forestal que, viendo las fotos, parecen sacados de una peli de acción noventera.
La idea es simple en papel y completamente demencial en la práctica: se suben a un avión, sobrevuelan una zona donde un incendio está devorando hectáreas en medio de la nada —tan lejos que un camión de bomberos tardaría horas, o días, en llegar—, y saltan en paracaídas directamente junto al infierno vegetal. Y caen cargados con hasta 45 kilos de equipo, listos para ser autosuficientes un mínimo de 48 horas.
Básicamente, se tiran con la casa a cuestas, pero la casa son picos, hachas, pulaskis (que es una mezcla entre pico y hacha), y a veces, hasta motosierras. También llevan un traje de kevlar y un casco integral que te salva la vida si, al aterrizar, te recibe un pino con mala leche.
El programa norteamericano empezó en 1940, cuando a alguien del Servicio Forestal se le ocurrió que si los incendios no esperaban a que llegaran los bomberos, tal vez era hora de que los bomberos llegaran antes que los incendios crecieran. El entrenamiento no es precisamente un cursillo de fin de semana, incluye paracaidismo, combate de incendios, rescate, supervivencia y, probablemente, la habilidad de mantener la calma mientras caes del cielo hacia un paisaje que literalmente se está quemando.
Una vez tocan tierra, se trata de empezar el ataque inicial contra el fuego antes de que se expanda. Si necesitan más suministros, se los lanzan desde el aire en paquetes perfectamente calculados. O tan perfectamente como se puede cuando intentas acertar a un grupo de personas en medio de un bosque en llamas.
Y todo esto lo hacen con una naturalidad desconcertante, como si saltar desde un avión con una motosierra para aterrizar en el infierno fuera lo más lógico del mundo.
Fuera de bromas, no me extraña que la profesión de bombero sea una de las que más dicen los niños que quieren ser de mayor, porque no creo que haya nada más parecido a superhéroes en el mundo real. Estos, los que trabajan en las ciudades y los que están apagando los fuegos que asolan España estos días.
Y sí, deberían cobrar más. Mucho más.
¿OS ACORDÁIS CUANDO NOS SABÍAMOS TODOS LOS TELEFONOS FIJOS DE NUESTRO ENTORNO?
Antes recordar era guardar cosas dentro de la cabeza. Ahora recordar es saber dónde está: en Google, en una captura, en un chat, en una carpeta.
¿El cerebro se ha vuelto idiota? 🧠
HILO VAAAA🧵👇👇
En una época de cambio para el rock, aquel disco era demasiado excesivo y barroco. Algo inclasificable.
Y sus autores se encontraron con muchas puertas cerradas.
Hoy, en el final de esta temporada de #LaHistorietaMusical, el murciélago infernal de Meat Loaf (y Jim Steinman).
La gente aún se sorprende de que la nieta de Antonio Vallejo-Nájera, el Mengele español, que buscaba el gen rojo y elaboró teorías eugenésicas para Franco, sea una ijadelagranputa y pasee a su hijo pequeño con síndrome de down por los platós haciendo el ridículo por unas perras.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.