Tuve la dicha de entrar a la universidad con mi mejor amiga. Misma universidad, misma carrera, mismos grupos, mismos horarios. Todo juntas, como siempre. Y la vida, que a veces tiene un sentido del humor retorcido, decidió que también termináramos sacándole la leche al mismo hombre.
Desde hace un par de meses tenemos un curso que sale tardísimo y nos tocaría caminar por calles solitarias. Su novio, el de toda la vida, con quien sueña casarse, pasa por nosotras cada semana. Ella vive más cerca, así que la deja primero. Se baja, le abre la puerta, la despide con un beso suave y un abrazo tierno… de esos que te hacen creer en el amor real, en encontrar un compañero de vida. Y cuando ella entra a su casa, él vuelve al auto y me va a dejar a mi apartamento.
Siempre ha sido lindo, atento, correcto conmigo. Pero hace un tiempo la cosa se volvió más íntima. Nada sexual al inicio. Solo complicidad, conversaciones, humor… ese tipo de conexión que nace sin que te des cuenta.
Hasta que un día me confesó que yo le gustaba. Que, en palabras de él “quería comerme completita”. Yo quise frenarlo en seco, no iba a permitir que jugara así con mi amiga. Pero entonces… me mandó un “así me la pones” con una foto de la verga más grande, gruesa, rica y antojable que he visto en mi vida. Y se me vinieron abajo todas las defensas. Después de años de pitos chicos y precoces, la boca se me hizo agua.
Y hoy soy suya. Le pertenezco.
Cada vez que deja a mi amiga, cada vez que le da ese beso dulce y ese abrazo de novio perfecto, mi entrepierna empieza a traicionarme. Me mojo solo de pensar en lo que viene. En cuanto sube al auto y arranca (Dios, amor, verlo manejar), me transformo. Me tiro sobre él como una hambrienta, se la chupo hasta que se corre y me llena la boca, y después, en uno de los actos más sucios y deliciosos que me he permitido, lo beso. Le paso su leche de mi boca a la suya… aunque su boca todavía tenga el sabor de los labios de mi amiga.
Me encanta cómo me coge. Cómo me toma. Cómo me hace suya sin pedir permiso. Me fascina cuando lo invito a pasar a mi apartamento y, mientras me penetra con esa fuerza que me vuelve loca, su teléfono vibra en la mesita de noche. Mensajes de ella preguntándole si llegó bien a casa. Él mira el teléfono, me mira a mí. Con esa mirada seductora que me desarma, que me abrió las piernas la primera vez, que me tiene aquí, mojando las sábanas mientras traiciono a mi “hermana de otra madre”.
Y entonces él me da más fuerte. Como si saber que nos tiene a las dos a su merced lo excitara todavía más.
No estoy orgullosa.
Pero tampoco me arrepiento.
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