Esta es la historia de un edificio-trampa. Un lugar sin ventanas cuyo interior te hipnotiza hasta que no sabes cómo salir.
Un edificio cuyo arquitecto se arrepintió de haber creado.
Y todos hemos estado allí.
En #LaBrasaTorrijos, los centros comerciales y el Efecto Gruen.
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MI EXPERIENCIA CON EL OPUS DEI
Hace años sufrí una depresión e hice algo muy habitual: buscar consuelo en la fe. Me acerqué a la parroquia de mi pueblo y un cura joven me atendió con mucha amabilidad. Tras descubrir que yo era profesor y escritor, su interés por mí se acentuó y puso en marcha el bombardeo de amor que utilizan las sectas para captar víctimas. Por entonces, no sabía que ese cura espigado y con melena de Cayetano era agregado del Opus Dei. Durante una reunión con él y sus amigos, uno de los presentes, ya de cierta edad, comenzó a alardear de haber apoyado el golpe de estado de Pinochet y participado en la represión contra socialistas y demócratas. Horrorizado, me alejé de la parroquia, pero meses después mi madre estuvo a punto de morir y, como en esas fechas, mi mujer y yo estábamos muy solos llamé al cura por teléfono, buscando ayuda. Con frialdad, me respondió: "Eso lo tienes que pasar tú solo".
No volvía a hablar con él, pero hace unos meses me contaron que sufría una depresión -imagino por el contraste entre su dogmatismo y su vida poco ejemplar- y le envié un mensaje, ofreciéndole ayuda. Le conté que yo también estaba sufriendo, pues mi mujer acababa de pasar por un cáncer. No me respondió. El Opus es así. Puede decirse lo mismo de otras sectas como Comunión y Liberación, el Camino Neocatecumenal o los Legionarios de Cristo. Sectas que manipulan, explotan y maltratan a sus víctimas con el pretexto de ayudarlos a encontrar la santidad.
Después de ver "El minuto heroico", el magnífico documental de Mònica Terribas que narra la experiencia de abuso y maltrato de 13 ex numerarias auxiliares, he recordado lo que yo viví y no he podido indignarme más. Aunque Francisco le ha restado poder al Opus, no es improbable que le suceda un papa ultraconservador con la voluntad de sumarse a la ola reaccionaria liderada por Trump.
Creo que las religiones se encaminan hacia su ocaso, al menos en Occidente, pero el ser humano seguirá buscando formas de espiritualidad en la música, la poesía, la naturaleza, el amor, la filosofía y los grandes clásicos de la literatura. El evangelio, un texto a medio camino entre la filosofía y la literatura, es patrimonio de la humanidad. No pertenece a ninguna iglesia. Es mejor leer sus enseñanzas de forma independiente y descartar cualquier clase de tutela. Y debemos estar alertas para que nuestras debilidades no nos empujen a abrazar las falsas promesas de tartufos como Escrivá de Balaguer, vergonzosamente canonizado por la iglesia católica.
Claro que es una manifestación politizada.
De ciudadanos que entienden que esta catástrofe se ha gestionado por el Gobierno autonómico del PP no sólo desde la incompetencia, sino anteponiendo los intereses económicos a la seguridad.
La política no es más que la manera ordenada por una ideología de enfrentar los problemas comunes de una sociedad.
La cuestión es que la ideología de la derecha no cree en la sociedad, por lo que sitúa el provecho de lo privado por encima del bien público.
Menos tuits y menos mentiras y más asunción de responsabilidades.
No podemos citar al autor de esta maravilla porque nos ha llegado por guasap pero si alguien lo sabe que lo cite. Por favor ved está maravilla y si os apetece, compartirlo. Esta tierra es Aragón. Los chanchullos, las mentiras y las familias que mandan a los que gobiernan.
PSICÓPATAS DE QUINCE AÑOS
Una chica de 15 años y un joven de 16 han agredido brutalmente a un vecino de Ferrol por quejarse del ruido que hacían en la calle a las cinco de la madrugada. Algunos medios se refieren a los agresores como niños, pero no son niños. Digan lo que digan los tratados internacionales, la niñez se acaba a los 12 años. Después, comienza la adolescencia, un período donde ya existe un discernimiento claro de lo que está bien y lo que está mal. Todos los que hemos pasado muchos años como profesores en las aulas de secundaria sabemos que a los 15 años muchos, muchos adolescentes ya están familiarizados con el alcohol, las drogas, el sexo y la violencia. Muchos padres prefieren vivir en el limbo e ignorarlo, pero eso no ayuda a sus hijos. Mi generación se educó a base de capones, bofetadas y golpes de regla en la punta de los dedos. Sería monstruoso volver a esa pedagogía negra, pero no es menos perjudicial sobreproteger histéricamente a los hijos, impidiéndoles madurar.
La sobreprotección solo alimenta la inmadurez, el egoísmo, la inutilidad y, en ocasiones, la violencia. El problema es que muchos padres de 40 o 50 años se han estancado en una inmadurez crónica. Padres que fuma porros con sus hijos o que cambian de pareja cada poco tiempo después de separarse. Padres que no les exigen nada a sus hijos y que les dan la razón incluso cuando deberían recriminarles ciertas conductas. Padres que se enfrentan a los profesores por las notas o por sanciones justificadas. Cada vez hay más casos de profesores agredidos por esos niños y niñas de 15 años que a veces ya han superado el 1’80. Y lo que es más grave, hijos que maltratan a sus padres. De palabra y físicamente. Es un problema que ya afecta al 12% de las familias. Casi 5.000 casos al año. En los últimos diez años, las denuncias de padres contra sus hijos por agresiones se han incrementado un 400%.
Los agresores del vecino de Ferrol no son niños, sino adolescentes perfectamente responsables de sus actos. La víctima teme que el juez los deje en libertad e intenten vengarse. De hecho, conocen su domicilio. Al parecer, hay más adolescentes implicados. El incidente se produjo cuando un grupo de chicos y chicas salía de los locales de ocio de la zona y comenzaron a lanzar gritos y destrozar el mobiliario urbano. Un vecino les pidió un poco de civismo y le contestaron con insultos y cortes de mangas. Indignado, les arrojó un vaso de agua y la reacción de los adolescentes consistió en romper a golpes la puerta de su portal. Tras acceder al edificio, golpearon la puerta del vecino hasta que este cometió el error de abrirles. A partir de ese momento, sufrió una avalancha de puñetazos y golpes en la cabeza que le fracturaron la nariz y le rompieron el pómulo y el labio. Además, sufrió daños en los ojos y múltiples contusiones.
Una vez detenidos, los agresores fueron interrogados en presencia de sus padres. Imagino que en ese momento adoptaron conductas infantiles, con la intención de inspirar lástima y manipular a los agentes. Pedirán ser tratados como niños y no como adultos, pese a que actuaron con crueldad y malicia, sin ignorar la indignidad de su comportamiento. La familia tradicional se asentaba sobre la hegemonía masculina, lo cual era inaceptable, pero no ha sido sustituida por algo mejor. Ahora solo hay vacío y desorientación. Abundan las familias desestructuradas y gravemente disfuncionales. Un niño necesita un entorno estable para madurar. Si no sabemos crearlo, seguirán surgiendo psicópatas de quince años a los que algunos imbéciles llamarán “niños”. El futuro da miedo.
Rafael Narbona
Se enorgullecen de dejar a #Plenas aislado, por 8 kms sus 100 vecinos no importan, como queréis que la gente vaya al hospital? Haciendo ruta por el Campo de Belchite y pasando horas en una parada de autobús a las 8 de la mañana?? Vergüenza!!!
@heraldoes@aragontv@GobAragon
QUERIDO GREGORY PECK
Alain Delon poseía un enorme atractivo físico, pero era un cabrón: homófobo, ultraderechista, machista, violento y manipulador. En cambio, Gregory Peck, otro galán, era un hombre íntegro y comprometido, al que no se le conocen otros vicios que los cigarrillos Chesterfield y la cerveza Guinness. Siempre estuvo en el lado correcto de la historia. En los años cincuenta participó en las protestas contra el macartismo. En los sesenta apoyó la lucha por los derechos civiles y el fin de la intervención norteamericana en Vietnam. Presidente de la Academia de Hollywood cuando fue asesinado Martin Luther King, retrasó la gala de los Oscar para manifestar su repulsa y enviar un mensaje de solidaridad a la comunidad afroamericana. En los ochenta, ofreció gratuitamente sus servicios como promotor comercial de Chrysler para intentar salvar seiscientos mil empleos amenazados por la crisis del mercado automovilístico. También se sumó a las campañas que combatían los prejuicios contra las víctimas del sida. En los noventa acudió a las manifestaciones que pedían un control más estricto de las armas de fuego, después de la masacre de Columbine. En 1997, la Alianza de Gais y Lesbianas contra la Difamación le concedió su premio anual por su labor a favor de los derechos de los homosexuales. Cuando el actor recogió el galardón, comentó: «Me resulta estúpido tener que luchar por algo que es tan simple y correcto». El Partido Demócrata le propuso presentarse a las elecciones de gobernador de California para frenar a Ronald Reagan, pero declinó la oferta, alegando que no deseaba hacer carrera política. No es insensato imaginarlo al frente de Estados Unidos, realizando gestiones en el Despacho Oval.
A pesar de su físico privilegiado, no protagonizó romances en cadena, como otros galanes de Hollywood. Prefirió enamorarse y formar una familia. Su primer matrimonio finalizó amistosamente tras doce años. El segundo, con la periodista Veronique Passani, duró el resto de su vida. De hecho, murió plácidamente a su lado. Con ochenta y siete años, no padecía ninguna enfermedad. Simplemente, se durmió con las manos enlazadas con las de su esposa, dieciséis años más joven. Padre de cinco hijos, siempre manifestó su preocupación por educarlos adecuadamente. Sin embargo, Jonathan, su hijo mayor, se suicidó con un arma de fuego. Peck se encontraba en Francia cuando le llamaron por teléfono para comunicarle la noticia. Durante dos años, dejó los escenarios: «Es lo peor que puede sucederle a un ser humano», reconoció en una entrevista realizada en Madrid, mientras promocionaba Gringo viejo (Luis Puenzo, 1989). En sus últimos años se dedicó a promover la lectura, la interpretación y las causas humanitarias. Sus gestos caballerosos le acompañaron siempre. Cuando en 1953 rodó Vacaciones en Roma con William Wyler, se negó a encabezar en solitario los créditos, exigiendo que el nombre de Audrey Hepburn –por entonces una actriz menos popular– apareciera junto al suyo y no en un plano inferior. Audrey Hepburn, que lograría una estatuilla por su interpretación, se convirtió en una de sus amistades más entrañables. Aunque circularon rumores sobre un romance, ambos lo desmintieron. Cuando Audrey falleció en 1993, Gregory leyó en el funeral el poema favorito de la actriz, Amor eterno, de Rabindranath Tagore, que finaliza con los siguientes versos: «la memoria de todos los hombres, / las canciones de todos los poetas / del pasado y de siempre, / se funden en este Amor, / que es el Nuestro».
Eldred Gregory Peck nació en La Jolla, un barrio de la ciudad de San Diego (California), en 1916. Su padre era un farmacéutico de firmes convicciones católicas, lo cual no impidió que se divorciara de su esposa. Eldred creció con su abuela, que lo llevaba al cine todos los fines de semana, sembrando en el futuro actor la pasión por la interpretación. A los diez años, su padre lo matriculó en la Academia Militar Saint John, en Los Ángeles, donde pasó la mayor parte del tiempo rezando y desfilando, pues era una estricta institución católica. Comenzó estudios de medicina en Berkeley, pero los abandonó por la filología inglesa. Allí empezó a actuar en un pequeño grupo de teatro. Al licenciarse, se marchó a Nueva York con ciento sesenta dólares en el bolsillo. Su sueño no era Hollywood, sino los teatros de Broadway. Prescindió de su nombre de pila y se apuntó a la prestigiosa escuela de interpretación Neighborhood Playhouse, donde asistió a las clases de Sanford Meisner, maestro legendario. En esas fechas, Peck se hallaba sin blanca y, en más de una ocasión, durmió en los bancos de Central Park. En 1942 debutó en Broadway. Enseguida logró llamar la atención del público y la crítica. Poco después estalló la guerra, pero ?gracias a una vieja lesión de espalda? se libró de ser enviado al frente. En 1944 debutó en el cine con Días de gloria, una película menor de Jacques Tournier. Ese mismo año interpretó a un sacerdote católico en Las llaves del reino, dirigida por James M. Stahl, logrando su primera nominación para el Oscar. En 1945 trabaja para Alfred Hitchcock en Recuerda (Spellbound), una película irregular con decorados de Salvador Dalí y una trama basada en las teorías de Sigmund Freud, convenientemente simplificadas para incrementar su impacto dramático. En 1946 interpreta el papel de villano (Lewton «Lewt» McCanles) en Duelo al sol, convirtiéndose en una gran estrella. La película, que sufrió un cambio continuo de directores, es uno de los melodramas más celebrados de la historia del cine, con un final tan afectado e inverosímil como romántico y exasperado.
En las décadas siguientes Gregory Peck participó en películas memorables. De nuevo bajo la dirección de Hitchcock, encarnó en El proceso Paradine (1947) a un abogado que pierde la dignidad y el sentido común ante una mujer hermosa (la bellísima e inquietante Alida Valli), acusada de asesinar a su viejo y ciego marido. Fue un cínico bandolero en Cielo amarillo (William A. Wellman, 1948), pero sin la cruda amoralidad de «Lewt». Repitió como forajido en El pistolero (Henry King, 1950), interpretando convincentemente el drama de un hombre que huye de su pasado y quiere comenzar de nuevo. En Moby Dick (John Huston, 1956) se metió en la piel de Ahab, mostrando su intimidad torturada por una obsesión que casi parece un desafío contra Dios. Algunos críticos afirmaron que era un actor inexpresivo y de escasos recursos dramáticos. No puedo estar de acuerdo. En Vacaciones en Roma demostró grandes dotes para la comedia, interpretando con naturalidad y elegancia a un periodista enamorado de una deliciosa Audrey Hepburn. La química entre los dos actores acentúo el encanto de un cuento de hadas que conserva intacta su frescura. En Horizontes de grandeza (William Wyler, 1958) rompió los estereotipos del western, mostrando que el valor no está relacionado con la violencia, sino con la contención y la ecuanimidad. Su composición de Jim McKay, un capitán de navío retirado que viaja a Texas para casarse con la hija de un rico ganadero, constituyó un inspirado acierto, pues hizo creíble a un personaje al que no le preocupaban las apariencias y que prefiere pasar por un cobarde si así evita involucrarse en absurdas reyertas. Su coraje se manifestaba de forma sencilla y discreta. Se internaba en las monótonas e interminables llanuras de Texas sin otra guía que una brújula, y no quería testigos mientras domaba a un caballo particularmente intratable. Cuando las circunstancias le obligan a luchar con una pistola de duelo, desprecia la ventaja que había adquirido al no disparar antes de tiempo, como sí hace su rival.
Jim McKay prefigura a Atticus Finch, el inolvidable abogado, padre y paladín de causas perdidas de Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962). Ambos personajes se caracterizan por su tranquila dignidad y su sentido de la justicia. McKay se niega a pelear en público cuando es retado por un bravucón que intenta desacreditarlo. No necesita demostrar nada. Lo importante no es lo que otros piensan, sino lo que un hombre sabe de sí mismo. En la misma línea, Atticus no teme ser despreciado por sus vecinos blancos por aceptar la defensa de un afroamericano falsamente acusado de violar a una muchacha blanca. Cuando «Scout» (Mary Bradham), su hija de seis años, le pregunta por qué defiende a «esos despreciables negros», le recrimina que hable de ese modo, señalándole que no debe juzgarse a las personas por el color de su piel. En otro momento le explica que no es posible ser justo sin ponerse en el punto de vista de los demás o, lo que es lo mismo, calzar sus zapatos y caminar un trecho con ellos, pese a que nos aprieten. Cuando el padre de la chica supuestamente violada le escupe en la cara, Atticus –que es más alto, joven y corpulento– se limita a sostener la mirada mientras se limpia la mejilla con un pañuelo. Aunque es un magnífico tirador, sólo se arma con un libro, una lámpara y una mecedora para frenar a la pandilla que intenta asaltar la cárcel con el propósito de linchar a su defendido.
Han transcurrido más de cincuenta años y Atticus Finch continúa simbolizando al hombre ético y templado, que soporta sobre sus espaldas las penalidades de los otros sin quejarse de su carga. Su fuerza reside en su determinación de luchar hasta el final. Como explica a sus hijos, vencer no consiste en lograr el éxito, sino en no abandonar, especialmente cuando crecen los obstáculos. Defender a un afroamericano acusado de violar a una chica blanca en la Alabama de los años treinta roza la insensatez, pero la dimensión del reto pone a prueba el coraje y la integridad de un ser humano, cuya profesión consiste en garantizar el derecho a una defensa justa. Atticus no piensa en el dinero. De hecho, sus clientes pobres le pagan como pueden, a veces con hortalizas o un saco de castañas. No es un ingenuo y sabe que el sistema de jurados populares se presta a la arbitrariedad, pero se resiste a aceptar que la vida de un hombre pueda ser pisoteada y destruida por un prejuicio. No siente odio hacia los blancos racistas. Piensa que son víctimas del fanatismo y, en ocasiones, de una cruel miseria. Su simpatía por los seres marginados se extiende a los enfermos mentales, como Arthur «Boo» Radley (Robert Duvall), un joven que vive en su misma calle y que deja regalos a sus hijos en la llaga del tronco de un árbol. La mirada de Atticus trasciende las apariencias. Por eso, cuando «Boo��, presunto ogro, se revela como un ángel salvador, no le sorprende en absoluto. Su dulce timidez y su ternura evocan la belleza de los ruiseñores, que iluminan los campos con su canto.
Los críticos malintencionados dijeron que Gregory Peck sólo era «alto, moreno y guapo». Hitchcock, siempre malicioso, afirmó que era un actor «hueco y sin mirada». Sin embargo, es difícil imaginar a otro actor infundiendo vida a Atticus Finch. Personalmente, yo siempre lo recordaré abrazando a «Scout» en el porche de su casa o sonriendo con humor a los cowboys que se burlaban de su bombín en Horizontes de grandeza.
RAFAEL NARBONA
Publicado en Revista de Libros el 14 de febrero de 2017
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