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ㅤㅤ𝑷𝐈𝐎𝐉𝐎 ( traidora renacida, indep. ) ⸻ TU PUEBLO NO PUEDE GOBERNAR EL MUNDO PORQUE YO NO LO HE DISPUESTO ASÍ. TODO EL MUNDO SERÁ TU ENEMIGO, PRÍNCIPE CON MIL ENEMIGOS, Y TE MATARÁN SI TE ALCANZAN. PERO ANTES TENDRÁN QUE ATRAPARTE, A TI, QUE CAVAS Y ESCUCHAS...
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Acompaña con la mirada el trago de Sua, los ojos saltando entre Vampyr y ella, expectante. El ansia le hormiguea en los dedos y en la boca del estómago: no sólo el alcohol, sino la posibilidad de conseguirlo sin trabajo — saltarse la penosa tarea de robar cáscaras de la cocina, »
Acompaña con la mirada el trago de Sua, los ojos saltando entre Vampyr y ella, expectante. El ansia le hormiguea en los dedos y en la boca del estómago: no sólo el alcohol, sino la posibilidad de conseguirlo sin trabajo — saltarse la penosa tarea de robar cáscaras de la cocina, »
—Es un experimento —responde a Sua con la boca chica: sin pocas las ocasiones en las que Piojo no es la menos enterada del patio, y tiene que aprovecharlas. Enseguida vuelve la mirada al disfraz descartado, sin embargo. Ha sido ver a la recién llegada y recordar el trueque que »
Piojo lo es menos.
Hesita un momento antes de tender los brazos hacia él, ofreciéndole una esquina del traje. Cierra muy prietos los puños, como temiendo que se lo arranque de entre los dedos.
—Decía la bebida —corrige, no muy alto—. Que si es importada.
Se le asoma una sonrisa a los ojos, por la confusión, aunque no a los labios, y mantiene la mirada fija en el disfraz: todos aquí /odian/ que se rían de ellos. El Nosfeo no luce particularmente intimidante, pero »
recuerda la última vez que vio uno. Aunque realmente hay algo almizcleño que no logra identificar bajo el hedor a sudor.
A Whimper la mira con más recelo todavía, mientras trata de doblar meticulosamente el traje. No lo consigue.
—¿Es de aquí? —esto es, producido en el Jigoku.
Se encoge de hombros, evadiendo la pregunta. Lo quiere por reaprovechar la tela, ponzoñosa aunque sea, pero teme que el hombre le haga pagar por ella si admite en voz alta que puede tener cualquier valor. Olisquea, suspicaz.
—No sé a qué huelen los juguetes de perro —ni »
descartado. Eso es materia prima. Aunque la tela plasticosa hace que le hormigueen los dedos del asco.
—¿Y esos vasitos? —pregunta, señalando las copas con el mentón—. ¿Para qué son?
¡Menudo desperdicio! Se cambia de banco con un solo salto, sin siquiera posar las muletas. El aterrizaje es tembloroso —en el edificio se ha proyectado otro partido de fútbol más (¿cuántos van?), y ha circulado matarratas—, pero sus manos son firmes cuando agarra el disfraz »
montón de látex: con el algodón, al menos, podrá hacer hilo para bordar, si acaso no termina vendiéndoselos a alguien.
Arruga la nariz.
—¿De veras no duelen?
Un puñadito de tampones también agarra. Hace más de un año que no sangra —no recuerda nunca haber tenido una menstruación regular; no como la solían describir sus mayores, ni como de las que escucha quejarse a las demás presas—, pero se le antoja que tendrán más uso que un »
—Los diamantes son para hablar de cosas bajo la tierra —responde a Sua, entre la algarabía condonera. Tiene la voz muy seria, como casi siempre; los ojos, igual—. Como los tesoros, o los muertos. Por cinco cigarros, te digo más, si quieres.
látex —¡veneno!— le sigue resultando repelente. No puede evitar sentir algo de lástima por los que se arrimaban a pedir. No saben lo que hacen.
Pero, viendo el interés que atraen...
—Yo también quiero.
Aunque sea para venderlos.
Parpadea. Tiene una idea rudimentaria de para qué sirven los condones (mes y medio en el Jigoku le han servido de cursillo intensivo: las Sororitas dan sus charlas de educación sexual, y la rave completó las demás lagunas), pero la idea de envolver sus genitales en »
A estas alturas, se ha acostumbrado a que la gente de le arrime sin aviso ni permiso, así que cuando Sua pesca la carta de su regazo —¡sin ninguna increpación! Realmente es la reina de la simpatía—, Piojo no hace más que acompañar el cartón con la mirada. El as de diamantes »
"El pie", más bien: el as de diamantes aterriza frente a Piojo, que, sentada sobre una silla coja como ella, se encoge sobre sí misma para recogerlo del suelo. Le viene a la cabeza, como un sueño, la imagen de sí misma inventando fortunas de una baraja aún más mugrienta que »
conservar su nariz, pero aún pretende sacarle partido: trae el material en un saco que cuelga de su muleta —una bolsa de basura reaprovechada—, para trabajar en el patio. Pretende dejarse ver en sus labores. Todo sea por la publicidad.
Piojo calla, aunque el chasquido de las muletas contra el concreto la anuncian, igual que el tintineo de la pulserita de acero en su tobillo. Un fresco la ha aguileado para que le cosa unos parches en el uniforme. Por el servicio no va a cobrar más que el hermoso premio de »