Una persona de derecha se le muere un ídolo:
Se pone triste.
Hace un homenaje respetuoso.
Escucha su música.
Una persona de izquierda se le muere un ídolo:
Sale a la calle a romper todo.
Agrede e insulta
Le hecha la culpa al gobierno.
A la derecha.
A EEUU
A Trump.
A los judíos.
Chicos, aprovechar un micrófono para putear a Milei o pedir por Cristina mientras podrían despedir al Indio, solo demuestra que tienen el culo rotísimo y no pueden parar de llorar, que alguien les explique.
La arquitectura cerebral de un psicópata consta de rasgos biológicos clásicos como el de una menor cantidad de conexiones nerviosas en la corteza prefrontal (área que regula la conducta, el control de impulsos, el juicio moral, la planificación y la anticipación de consecuencias); una menor activación neuronal a nivel de la amígdala cerebral (área que procesa emociones como el miedo, la culpa y el reconocimiento del sufrimiento de otras personas); y las conexiones particulares entre ambas, es decir, entre corteza prefrontal y amígdala cerebral que hacen que los psicópatas entiendan las reglas, sepan distinguir el bien del mal y reconozcan que una acción hará sufrir a alguien, pero que hacen que ese conocimiento no genere el impacto emocional habitual que genera el cerebro de la población no-psicópata. Este trastorno de la personalidad antisocial con base biológica tangible y demostrable hasta por neuroimágenes se intentó "curar" desde finales del siglo XIX utilizando incluso terapias biológicas extremas como la terapia de choque, coma inducido por insulina, electroshock, castraciones física y químicas e incluso lobotomías. Ninguna tuvo éxito. Hasta que apareció una novedad en el año 2026: la terapia "zorro no te lo lleves". Resulta que todos estos rasgos biológicos presentes en los cerebros de los psicópatas son susceptibles de modificación... y aparentemente era más fácil de lo que creíamos: basta con que un amigo de estos seres los agarre en el medio de un asado, los lleve a un rincón y les diga "che no da".