Ricardo Salinas Pliego Empresario Mexicano 🇲🇽 @RicardoBSalinas es invitado a la Fiesta Navideña del Presidente de Los Estados Unidos de América 🇺🇸 @realDonaldTrump y la presidente de México @Claudiashein NO.
Hijole caray… Qué opinan ustedes?
#Cowboys QB Dak Prescott on George Pickens: “If he's one-on-one, he's not covered — not in my mind.”
Highest passer rating between QB-WR duo this NFL season: Dak Prescott targeting George Pickens (134.4)
#FelizDomingo a todos.
Los domingos nos invitan a pausar, a reflexionar, a pensar en lo que viene…
A veces descansar también es una forma de avanzar.
Hoy es buen momento para preguntarse:
¿Qué te gustaría intentar esta semana?
Julio César Chávez no fue un boxeador.
Fue un fenómeno social.
Un tipo que creció entre carencias y terminó convocando multitudes como si cada pelea fuera una misa nacional.
En un país roto por la corrupción, la violencia y la desesperanza, él fue la excepción:
el pobre que sí ganó.
No boxeaba para la cámara ni para los jueces.
Boxeaba para su gente. Para los que saben lo que es pelear todos los días.
Lo suyo era aguantar, avanzar y castigar.
Un martillo con guantes.
Tenía pegada, sí, pero sobre todo tenía algo que no se entrena:
hambre.
Y con esa hambre le ganó a todos:
a Taylor, a Camacho, a Haugen. A cualquiera que se pusiera enfrente.
Llegó a tener 90 peleas invicto.
Noventa.
Casi una vida entera sin saber lo que era perder.
Pero más allá del récord, lo que lo convirtió en leyenda fue su conexión con el pueblo.
Cada vez que Chávez subía al ring, no peleaba solo:
peleaba con la rabia acumulada de millones.
Y cada vez que bajaba con el brazo en alto, era como si México respirara un poco mejor.
Pero como todo ídolo nacional, también fue víctima del sistema que lo encumbró.
Se rodeó de lujos, de lambiscones, de silencios cómodos.
La cocaína se volvió su sparring más peligroso.
Las noches largas, las mujeres, el descontrol.
Perdió peleas, perdió años, perdió la brújula.
Y aun así, nunca perdió el respeto del pueblo.
Porque incluso en su caída, Chávez seguía siendo uno de los suyos.
Un tipo que, como todos, se tropezó, se manchó, se jodió…
pero siguió de pie.
En su voz rasposa, en sus ojos tristes, se notaba el desgaste no solo del boxeador,
sino del hombre que cargó con el peso de un país que necesitaba creer en algo,
aunque fuera en un golpe de izquierda bien conectado.
Hoy, ya no sube al ring,
pero su nombre sigue intacto.
Porque Julio César Chávez no fue solo campeón del mundo.
Fue campeón de los olvidados.
De los que no tienen nada, pero pelean como si tuvieran todo por perder.
Y en un mundo que descarta a los caídos,
él es prueba de que hay redención incluso para los que se hundieron más hondo.
Porque si alguien sabe de golpes, caídas y regresos…
es él.
Julio no fue perfecto.
Fue mexicano.
Y eso, en este país,
es más que suficiente para ser eterno.
Here’s how President Nayib Bukele solves corruption in El Salvador.
He gathered the entire Executive Branch together for a meeting and told them that they are currently under investigation for corruption.