Master Chef no cocina platos, cocina personas
Nadie diría que MasterChef es un programa político. Se presenta como un entretenimiento culinario, una inocente laboratorio de creatividad donde unos aspirantes compiten por conquistar el paladar de un severo jurado. Sin embargo, lo que parece un certamen gastronómico es en realidad la restauración televisiva del viejo mito meritocrático disfrazado de cocina moderna. El formato reproduce, sin pudor, la vieja moral del trabajo de la clase media : el fracaso siempre es personal, nunca estructural. “No has puesto suficiente pasión”, “te falta actitud”, “este plato no transmite”. Se legitima asi una visión del mundo en la que el éxito depende solo de la entrega individual, nunca del contexto, ni de los privilegios, ni de la alteración de las reglas del juego.
MasterChef no enseña a cocinar; enseña a aceptar las reglas de un orden. Y así, mientras el espectador idiotizado cena frente al televisor, MasterChef le ofrece un menú ideológico invisible pero eficaz: disciplina, individualismo, competencia, y un culto reverencial al talento.
Históricamente, cocinar fue una práctica vinculada al ámbito doméstico, a la economía del cuidado y a la cultura material de lo cotidiano. MasterChef desencaja la cocina de ese espacio despojándolo de su dimensión comunitaria para convertirlo en competencia reglada. Lo que antes era transmisión de saberes populares se convierte ahora en un campo de batalla donde solo “los mejores”- según los parámetros del jurado- merecen permanecer. De este modo, la televisión logra transformar una actividad cultural profundamente colectiva en una narrativa de individualismo.
El concursante ideal no es el más sabio ni el más libre, sino el más sumiso a la exigencia de superarse continuamente. Y así, en cada corrección televisada, el público asiste no a una lección de cocina, sino a una dramatización de la obediencia: se elogia la humildad, se perdona el error, pero nunca se cuestiona la estructura que genera la desigualdad entre quien juzga y quien es juzgado.
En esta moralización de la cocina el sufrimiento adquiere valor pedagógico: el aspirante después del error llora y al final agradece. El espectador , en silencio, asimila en su casa la idea de que el éxito es consecuencia de la voluntad, y el fracaso: efecto natural de la insuficiencia personal.
El verdadera contenido de MasterChef no es culinario , es político. Su producto no es el alimento. Lo que se cocina ante las cámaras no son platos sino individuos perfectamente adaptados al mandato de rendir y agradecer.
@jose_carlet Ah el niño este es el que paga los almuerzos? No me extraña con lo tonto que es. Seguro que los pagan a medias entre el y ferriol, mientras el insa y los monchos se inflan a chupitos
@GilEscriba54376@raul79@Marcelino Te iba a preguntar a quien te referías de todos, pero he reflexionado un segundo y son todos. A todos los que aún están ahí chupando del bote con todo lo que han hecho es por qué les importa una mierda el valencia cf.