Estoy como el culo. El que te dice otra cosa te miente. Me quedé sin trabajo, no se puede vivir más.
La clase media se empezó a dar cuenta de que la motosierra no era un chiste.
EL REY DESNUDO: RIQUELME Y LA DEMOLICIÓN DEL PRESTIGIO DE BOCA
Por Dani Lerer
@BocaJrsOficial inicia otra temporada como se volvió costumbre en la era Riquelme: sin refuerzos, sin un director técnico que esté a la altura de la historia del club y con un silencio dirigencial que ya no es prudencia, sino desprecio. No es un accidente ni una mala racha. Es un modelo. Y como todo modelo, tiene consecuencias.
Lo que alguna vez fue el club más temido y respetado del continente hoy arranca los campeonatos a la defensiva, improvisando, achicándose. Boca ya no planifica: resiste. Ya no lidera: reacciona. Y ese cambio no es deportivo; es cultural.
Juan Román Riquelme terminó de transformar a Boca en un club gobernado por una lógica personalista, donde la idolatría reemplazó al profesionalismo y la épica del pasado sirve para justificar la mediocridad del presente. El problema ya no es perder partidos: es perder prestigio. Boca dejó de ser un proyecto serio para convertirse en un feudo emocional.
Otra pretemporada sin incorporaciones no es una anécdota: es una señal. Señal de desorden, de soberbia dirigencial, de una conducción que cree que el mercado, los tiempos y la competencia se acomodan a su voluntad. Mientras los rivales se refuerzan, planifican y se preparan, Boca improvisa y comunica slogans. Identidad sin estructura. Mística sin gestión.
La situación del cuerpo técnico es aún más reveladora. Boca no tiene hoy un entrenador que imponga respeto interno ni externo. No hay un proyecto futbolístico claro, ni un liderazgo fuerte en el banco. Hay interinatos largos, técnicos funcionales, figuras desgastadas o directamente de bajo vuelo. No por casualidad: un DT fuerte incomoda al poder real. Y en el Boca de Riquelme, el poder no se delega.
Román y sus amigotes, lejos de profesionalizar la gestión deportiva, se consolidaron como un círculo cerrado, impermeable a la autocrítica y ajeno a los estándares de los grandes clubes del mundo. No hay scouting moderno, no hay planificación integral, no hay transparencia en las decisiones. Hay lealtades personales y un relato que todo lo explica después del fracaso.
El discurso oficial insiste en la “identidad”, en “cuidar el club”, en “no hipotecar el futuro”. Pero el futuro ya está hipotecado cuando se naturaliza la mediocridad. Cuando se confunde austeridad con parálisis. Cuando se presenta la falta de refuerzos como virtud moral y no como incapacidad de gestión. Boca no es un club chico que sobrevive: es una potencia que debería marcar el rumbo.
El daño más profundo no está en la tabla de posiciones. Está en la percepción. Boca perdió peso internacional, perdió respeto dirigencial, perdió autoridad simbólica. Ya no intimida. Ya no ordena. Ya no marca agenda. Y eso, para un club de su historia, es devastador.
Riquelme llegó prometiendo devolverle Boca a los hinchas y terminó apropiándose de Boca como proyecto personal. Se gobierna desde el aplauso, se desacredita toda crítica como traición y se utiliza el amor del hincha como blindaje político. Es populismo en estado puro: el líder, el pueblo y los enemigos.
La paradoja es cruel. El mayor ídolo de la historia del club está protagonizando la etapa de mayor degradación institucional y simbólica de Boca en décadas. No por maldad, sino por una combinación peligrosa de soberbia, improvisación y desprecio por la gestión moderna.
Boca no necesita un rey. Necesita dirigentes. Necesita planificación, profesionalismo y humildad para reconocer errores. Mientras eso no ocurra, cada temporada que arranca sin refuerzos y sin rumbo no es muestra de convicción: es un paso más en la demolición del prestigio del club más grande de la Argentina.
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