Suelo no opinar cuando no tengo toda la información. Pero esto me pasó por encima.
En Comodoro Rivadavia, después de la autopsia de Angelito (4 años), detuvieron a la madre y a su pareja. Según lo que trascendió, lo golpeaban como si fuera un punching ball. Murió por los golpes en la cabeza.
El final ya lo sabemos.
Y no es la primera vez.
Ahí está el caso de Lucio Dupuy.
Todo el país habló. Nos indignamos.
Prometimos no mirar para otro lado.
Entonces la pregunta ya no es qué pasó.
La pregunta es qué nos pasa.
¿Cómo puede ser que, con organismos que supuestamente están para proteger a los chicos, esto siga ocurriendo?
¿Cuántas señales se ignoraron otra vez?
Y lo más incómodo, ¿no aprendimos nada?
Cuando fallan todos los mecanismos que deberían cuidar a un chico (y esto claramente no es un caso aislado) deja de ser “un hecho más”.
Es un problema de todos.
Porque los chicos están, literal y evidentemente, a la buena de Dios… mientras el Estado, ese que justifica sueldos y secretarías al por mayor y en todas sus formas brilla por su ausencia.
¿Nadie vio lo que le pasaba a Angelito?
¿Nadie se animó a intervenir?
¿Nadie pudo (o quiso)? darle la oportunidad de vivir como lo que era: un nene de 4 añitos.
Decir bronca, impotencia, es poco.
Mi viejo me solía decir que con 200 ladrillos o una soga, se logran mejores conductas sociales que con 1000 leyes, me estoy convenciendo que tenía razón.
El final de Stranger Things nos muestra a todos nosotros de jóvenes cuando nos juntábamos con amigos reíamos y nos divertíamos, pero llegó un día que crecimos y cada quien tomó su rumbo y ese grupo de amigos se desintegró…nos muestra lo difícil que es para muchas personas las perdidas de amigos o seres queridos. Una serie que habla de la amistad, desde el primer episodio y que nos regaló un cierre muy simbólico. Gracias Netflix por darnos esta obra de arte.