Voy a contrales una historia que aún no termina, pero que da luces sobre la erosión del debate público y el desgobierno, sobre cómo las mentiras y las fallas de gobierno se retroalimentan, son lo mismo. Abro hilo.
Un adulto mayor con movilidad reducida madruga desde las 4 de la mañana esperando que le entreguen su medicina. Él corre la carrera de la muerte. El que llega de último muere. No es el único. Miles de pacientes esperan meses para que les asignen una cita. Sin exámenes ni siquiera sabe que medicina necesitan. Sin tratamiento ni medicinas solo hay un destino. El mismo que trata de evitar el abuelo. No nos digamos mentiras. No hay EPS que lo esté haciendo bien. Ni intervenidas ni no intervenidas. El problema es estructural. He emitido medidas cautelares y sanciones contra muchas de esas EPS. Sin embargo, la mayor sanción debe ser para quienes desde el Congreso no han dejado que esto cambie. Que se mantenga un modelo corrupto e inhumano. La salud es hoy un negocio de beneficios inversamente proporcionales a la atención prestada, a la medicina dispensada, a la dignidad humana. Sobre este adulto mayor, he ordenado a la EPS, como debe ser, que su medicina sea enviada a su casa. Una pequeña carrera ganada. Una pequeña victoria de la vida sobre muerte. Sin embargo, estoy aquí para que el triunfo sea el de millones. Podemos hacerlo.
🚨 Atención atención🚨
LAS BARRAS BRAVAS DE BOGOTÁ ESTÁN CON CEPEDA!!!
Si lograr unir a los barristas ¿no es acaso la mayor demostración del poder de Iván para lograr la paz? Si no, no sé qué lo sea.
#MeLaJuegoPorLaVida 🫰🏽
Los tres errores garrafales de la campaña Cepeda:
1. Desconocer el resultado, luego retractarse.
2. Declarar la guerra a la camiseta de la Selección Colombia, luego retractarse.
3. Escogerse de símbolo el gesto kpopper. Que en Colombia se entiende como “págueme”.
El Petrismo dice que voten por la institucionalidad, que voten por Cepeda. Que descaro cuando promueven constituyente, desconocen los jueves y prometen acabar con el Consejo de Estado, el CNE y el Banco de la República.
El autogol de Cepeda.
Algún día, cuando se escriba el manual de lo que jamás debe hacerse en una campaña presidencial, la cruzada de Iván Cepeda contra la camiseta de la Selección Colombia tendrá capítulo propio, y no tanto por malvada sino por torpe. En plena segunda vuelta, a puertas de un Mundial, su campaña miró a Abelardo de la Espriella vestido de amarillo y creyó ver una oportunidad para denunciar oportunismo. Pero lo que hizo fue tomar el símbolo más emocional y transversal del país y entregárselo en bandeja de plata a su rival.
El error viola la primera regla de la guerra simbólica: no se prohíbe lo que no se puede controlar. La camiseta está en las calles, en los bares, en las vallas publicitarias y en las fotos familiares. Estamos en temporada de Mundial y medio país anda de amarillo sin que eso signifique adhesión a nadie.
Ahí se produjo algo más poderoso que el simple efecto Streisand. Primero, prohibir la camiseta la volvió más visible y deseable. Segundo, miles de personas inundaron las redes con la camiseta puesta como muestra de apoyo a Abelardo, pero también por rebeldía, porque a nadie le gusta que le digan cómo se puede vestir. Y tercero, lo más grave: desde que Cepeda la convirtió en campo de batalla, cada colombiano de amarillo empezó a parecer abelardista, aunque no lo fuera. Una valla publicitaria, un niño con la diez de James, una señora yendo a votar de amarillo, todo quedó teñido de un color político que nadie eligió. Cepeda quiso quitarle la camiseta a Abelardo y terminó haciendo parecer abelardista a medio país. Ninguna campaña compra semejante omnipresencia, y él se la regaló gratis.
Esa reacción no fue casual. El problema de fondo fue una mala lectura del símbolo. La campaña de Cepeda trató la camiseta como si fuera una pieza de propaganda, cuando para millones de colombianos es una emoción compartida. La camiseta remite al fútbol, al Mundial, a la familia reunida frente al televisor, al orgullo nacional y a una forma simple de pertenecer a algo común en un país fracturado. Judicializarla en ese contexto no parecía una defensa de la neutralidad, sino un regaño contra la gente que quiere ponerse la camiseta de Colombia.
Por eso la reacción fue tan inmediata. A la gente le gusta “la Sele”, le gusta vestirse de amarillo y le molesta que una campaña pretenda administrar ese símbolo. Además, en un país donde la camiseta ha sido usada una y otra vez por políticos de distintos sectores, prohibírsela a un solo movimiento difícilmente se lee como equilibrio institucional. Suena más a persecución.
La prohibición, además, abre absurdos imposibles de explicar. ¿Quién es “miembro” del movimiento de Abelardo, y cómo se prueba, con un carné, con un trino? Si un jugador de la Selección simpatiza con él, ¿debe abstenerse de vestirla en el Mundial? Esa clase de orden no pacifica nada, sino que ridiculiza a la autoridad, y el beneficiario natural es quien puede presentarse como víctima del exceso. Por eso resultó tan revelador que Cepeda celebrara el fallo en redes, celebrando en público la medida que más daño le hacía a su propia candidatura.
Las campañas torpes pierden por falta de inteligencia, pero sobre todo por falta de intuición popular. Ven una infracción donde la gente ve una emoción. Ven un símbolo contaminado solo porque no lo controlan. Cepeda quiso impedir que Abelardo se apropiara de la camiseta y terminó haciendo exactamente eso. Le fabricó una causa, le regaló una bandera y le puso al país entero el uniforme de su campaña.
El mundo alistándose para un mundial y acá viendo como joden a la selección y meten política en ella.
Se acuerdan cuando se quizo meter política en la selección de 1994, cómo terminó todo?
Mande un rappi ministro @AntonioSanguino
Tan rápido para hostigar, vociferar y amenazar y tan lento para ‘radicar’
¿Cuántos recursos públicos invirtió el estado en promover la constituyente? ¿Quién los devuelve ministro @AntonioSanguino ?