~Las palabras son gratis y yo llevo conmigo un universo. I. Allende~
Estás hecho de fragmentos de todos los libros que has leído. . . Baila fuerte como sabes.
Hoy Lucas ha probado la tónica. Ha bebido un traguito, ha puesto cara de ingeniero de Fórmula 1 evaluando un prototipo, ha sonreído y ha dicho "Tiene puntitos".
Jamás en mi vida, ni leyendo a nadie, ni escribiendo nada, he escuchado una descripción mejor de la tónica. Puntitos. Eso es exactamente lo que tiene. Puntitos que te explotan en la lengua, pequeñas detonaciones de nada, y este tío de dos años y once meses acaba de condensar la experiencia en dos palabras que a un somelier le llevarían un párrafo y medio y cuatro menciones a la mineralidad. La RAE necesita doscientas personas y un presupuesto público para definir "efervescencia" y Lucas lo ha resuelto en lo que tarda en devolverte el vaso con babas.
Queda demostrado nuevamente que el lenguaje infantil no es una versión defectuosa del nuestro sino todo lo contrario, somos nosotros los que estropeamos un idioma que funcionaba perfectamente, vamos cambiando "puntitos" por "carbonatación" hasta que ya no somos capaces de describir nada sin sonar a prospecto.
Están las fresas que se te ponen pochas en 24 horas y luego las manzanas, que puedes tener una datada del Pleistoceno y ahí sigue tan fresca en la nevera.
Lucas tiene una forma muy concreta —y ligeramente dictatorial— de pedir que le cuentes un cuento.
Quicir, yo me imaginaba que un niño pequeño te diría “Papá, ¿me cuentas un cuento?” y tú abrirías alguno de los que le has comprado y que proceden del descomunal catálogo de literatura infantil que hay ahora en las librerías, que antes te conformabas con Blancanieves, el Flautista de Hamelin y Los Tres Cerditos, pero ahora hay cuentos para todo: para explicarle las emociones sencillas, para explicarle las emociones complejas, para aterrizarle el concepto de la muerte o la inmensidad del universo y hasta “Invierte con Pocoyó” donde el bebé azul te enseña a invertir en crypto los 2 euros que le ha dado su tía para chuches. En el peor de los casos, suponía que, sin cuento a mano, me tendría yo que inventar algo, pero para eso tiro de imaginación y experiencia, que me sobra.
Pues no. Resulta que Lucas viene con un guion prefijado, un título cerrado, una escena inicial bien delimitada y unas expectativas narrativas clarísimas.
Dice:
—Papá, ¿me cuentas el cuento del niño que se llamaba Lucas y se subió a un árbol?
Sin margen de maniobra ni espacio para la improvisación autoral. Te planta el punto de partida como quien entra en una reunión y dice: “Vamos al lío”, y tú, que aún estás con media neurona en la cocina y la otra intentando recordar si has lavado los dientes al niño, contestas:
—Venga.
Y empiezo, con la voz que pongo en el podcast y modulando bien las pausas para darle peso emocional a la cosa: “Había una vez un niño que se llamaba Lucas y que le gustaban mucho las plantas y los árboles, y un día se subió a un árbol y se puso a jugar con las hojas y…”.
Y ahí te interrumpe, convertido en un Orson Welles de 90 centímetros que te corrige con la seguridad de quien ha escrito, dirigido, protagonizado y producido la historia en su cabeza.
Dice:
—No, Papá. El cuento de Lucas que se subió a un árbol y se puso a jugar con una pelota y luego se cayó porque le perseguía un zombi verde con babas naranjas y fue hasta un castillo y allí vivía la abuela Jacin y le robó una naranja.
Y luego se queda callado. Te mira durante una fracción de segundo y añade: “¿Me lo cuentas?”
Y tú, que aún estás procesando el cambio de tercio —la transición de cuento botánico a thriller medieval zombi con fruta robada—, no sabes si reírte, aplaudir o llamar a Ari Aster para ver si ya tiene hueco para adaptaciones infantiles de terror folk con giro gerontológico.
Por un lado me parto el culo, claro, porque el tío se ha contado el cuento entero, con estructura interna, progresión narrativa, persecución, giro, clímax y desenlace agridulce. Pero por otro me acojono, porque hace más de quince años que yo me gano la vida contando historias, escribiendo, imaginando, hilando palabras y colocándolas para que funcionen y resuenen, mientras que este enano, con dos años y ocho meses, se saca un cuento de la manga que tiene más ritmo que muchas novelas de las que están en lo más alto de las listas de ventas.
Pero se lo cuento, porque soy su padre aunque no sea el autor. A todos los efectos soy el narrador oral de una epopeya dictada por un dios bajito, en pijama, con un peluche de la Pantera Rosa en la mano y varios mocos rebeldes colgando de la nariz. Y al final te mira con una sonrisa que no sé si es de agradecimiento o de dominación. Porque, seamos honestos, ha sido él quien ha hecho todo el trabajo.
En el #EvangelioDeHoy (Lc 6,39-45) Jesús pide entrenar los ojos para observar bien el mundo y juzgar con caridad al prójimo. Solo con esta mirada de cuidado, no de condena, la corrección fraterna puede ser una virtud.
En 1955, el Estado expropió y vació el pueblo cacereño de Granadilla porque se lo iba a tragar un nuevo embalse.
Pero el pueblo nunca se inundó. Y nunca lo hará.
Hoy es un lugar precioso cuya historia merece la pena ser conocida.
Os la cuento en #LaBrasaTorrijos.
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¡Yo sólo quería comprar unas bambas en el Decathlon!
¿¿Pero por qué lo ponen tan difícil?? 😫
Pido PERDÓN a todas las personas a las que hice desaparecer y al mapache.
Abro hilo
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Desde que duermo, sueño y se me vienen cosas.
Se viene hilo turra.
Hace mucho que pienso en contar una experiencia educativa única y probablemente irrepetible. A la mayoría no le servirá de nada leer esto.
En 1887, la niña Fiona Ryan comenzó a sufrir convulsiones inexplicables que se volvían cada vez más virulentas.
Solo había una manera de salvarla: cambiar la ventana de su dormitorio.
En #LaBrasaTorrijos de #Halloween, el extraño caso de las ventanas de bruja de Vermont.
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Puede que no me creáis, pero, ahí donde lo veis, este es uno de los Nacimientos más hermosos de la historia; da igual que sea un poco tosco o que haya sido maltratado por el tiempo o que no se ajuste a nuestra idea de belleza.
¿Queréis saber por qué?
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Uno arrienda a otro una casa-mesón junto a la Puerta de la Macarena, Sevilla, y dice que le deja la casa limpia con la condición de que cuando termine el tiempo del alquiler se entregue igual.
Finales del XVI.
Eso de que eran muy espesos por aquella época... Habría de todo.