El terremoto de 1812 fue un castigo de Dios a Bolívar por herir de muerte al imperio español y disolver la hermandad hispana, condenándonos a siglos de pobreza, corrupción y desorden.
Y en vez de arrodillarse ante Dios, Bolívar lo retó con su famosa frase: «¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!»
Ahí comenzó la maldición que hasta hoy sigue pagando el bolivarianismo.