Y guardo en una frágil caja de cristal, el hilo rojo, el karma, la suerte y el destino, con la delicadeza que supone posarlos sin que ninguno de ellos se toque, atesorados, acariciados con la punta de los dedos, admirados y soñados como la más pura verdad.
Y les meto fuego.
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En todas las oportunidades hasta la última, el pellejo.
En la nueva pequeña muerte parida de la decepción, las tripas.
En volver a tener los ojitos del color de la sangre que arde de nuevo, el alma.
En fingir la mueca infinita por una sonrisa, la vida.
🖤