No temía a la muerte, hasta que perdí a alguien a quien no pensé perder y entendí que le tenía miedo a la muerte, pero no a la mía, si no a la de las personas que de verdad quiero.
Me llevó mucho tiempo entender que, aunque sepamos cuidarnos solos y seamos independientes, habrá días en los que desearemos que alguien nos escuche y nos dé un abrazo para aliviar todo lo que sentimos, no siempre seremos tan fuertes para soportar tanto peso solos y está bien.
Es como irónico que para transitar un duelo se necesita recordar mucho, llorar y extrañar todo el tiempo. Un exceso de memoria para que más tarde se le reste potencia a lo que significa esa persona. Para que sea tolerable la ausencia primero hay que recordarle por última vez.