Si hubiese un crítico con intenciones de escribir sobre este compendio puede pedirme un libro por DM y se lo envío con gusto. Por el momento solo se oye un silencio tenso y espeso. Por no decir que no vendí ni uno. Feliz jueves.
Consejo: Lo que tiene caminar con un hijo a la cancha es lo de la vista al frente. Las pausas en los semáforos, la burocracia de los controles policiales, la gente que avanza con vos, la música metropolitana de los hinchas y las sirenas son la posibilidad de una intimidad.
Hay que separar la obra del artista. El artista, de la obra. El padre, del artista. El hombre, del padre. El padre, de la obra. La obra, del contexto. El contexto, del artista. Ya no sabemos qué hacer y la vida hace lo quiere. Y si quiere, te mata.
@joanadalessu tengo una opinión: Creo que algunas redes, por no decir todas, son un buen espacio para experimentar una voz narrativa. Incluso moldearla hasta que fluya. Lo que le pase a los demás es problema de los demás.
Fui a una médica antroposófica. Me habló de tomar el control de mi salud. Todo su speech se basó en la idea de que el cuerpo es como un auto. No tuve el coraje de decirle que no manejo.
Cuando pienso en los fantasmas de mis muertos me los imagino ofendidos por las cosas que escribo sobre ellos. Cuando me toque, con cuerpo de sábana, rondar la vida y el duelo de mis hijos voy a tener eso super presente.
"No pude, las piernas no me daban más", de ese hijo tan grande a su padre recién muerto, se inscribe como una de las líneas memorables de la historia de la literatura argentina.
La carta agranda la que para mí es la dimensión menos registrada y más impresionante de la carrera de Messi en mundiales, que es su presencia absoluta y sin lesiones.
Desde 2010 para acá, jugó los 31 partidos de los cinco mundiales, incluidos 8 alargues, y en cada partido todos supimos que Argentina no tenía posibilidades reales sin él adentro de la cancha, incluso cuando ya tenía 39 años.
A su cuerpo nunca se le ocurrió escaparse de la responsabilidad y del estrés por medio del desgarro o del esquince.
Apenas se tocó el isquiotibial en aquella semifinal contra Croacia, y antes de que el país se paralizara por la duda pateó un penal con el empeine entero y siguió jugando.
Durante todo ese camino vio ir y venir de la cancha a sus pares, como el Kun y Di María, por molestias o golpes o tirones, y a sus discípulos diez años más chicos, como el Cuti o Lisandro, que se dieron el permiso humano de no dar más mientras Leo tenía que seguir dando.
No nos va a alcanzar la vida para absorber el tamaño de lo que vimos.