No hay que olvidarse nunca quien estuvo ahí para calmarte cuando tenías tristeza, miedo, angustia o enojo. No hay que olvidarse NUNCA quien nos prestó un hombro, un beso, un abrazo. No hay que olvidarse nunca de quien nos refugió cuando afuera... era tormenta.
A veces podemos pensar que estamos solos ante las dificultades. Pero el Señor camina a nuestro lado, incluso si no interviene enseguida, y si seguimos adelante nos abrirá un camino nuevo.