Lo conocí en una app de citas. Él tiene casi cuarenta; yo, apenas veinticinco. Al principio la diferencia de edad me mantenía escéptica, pero al mismo tiempo me llenaba de morbo sentirme deseada por un hombre maduro, fuerte y masculino. Que se fijara en mí, que fuera yo quien lo excitara: eso me prende muchísimo.
Todas las dudas se dispararon desde la primera vez que me acarició: decidido, suave y cálido, pero dominante. El macho que no le deja a su chica ni un ápice de duda de que él tiene el control de la situación y de ti. Esa actitud me pone demasiado caliente y me pongo demasiado fácil para él, demasiado puta y a su merced.
Cuando estoy con él me siento una cachorrita siendo embestida por un animal salvaje: la presa que con gusto se deja acorralar por su depredador y le abre las piernas para que baje y la devore como mejor le parezca.
Antes de él amaba ir al gym para sentirme bien conmigo misma, estar linda y sentirme fuerte y deseada. Después de él siento la obligación de estar cada día más buena, solo para que me tome y se dé placer con mis nalgas redondas y grandes mientras mi coño se traga su verga. Además, si no estuviera fuerte no aguantaría el ímpetu con el que me toma y me coje. Siempre que terminamos él se levanta y se va a ducharse como si nada; yo quedo exhausta, sudada y agitada, con las piernas temblando y rendida del cansancio.
Hoy no fue la excepción. Me dijo que no hiciera planes, que quería venirse dentro de mí. Llegó puntual, como siempre: eso me encanta de él; es masculino en todo. Charlamos. Me acaricia mientras tanto y sé que lo hace solo para provocarme, y lo logra. Me moja con solo tocarme. Juega con mis ritmos, con mis expectativas, me va calentando de a poco. Cuando sabe que estoy deseando que me tome y me taladre el coño, me besa suave, me levanta en sus brazos y me lleva a la habitación. Me desnuda. Pasa su lengua por cada centímetro de mi cuerpo con la paciencia de un francotirador, asegurándose de no dejar parte de mí que no haya probado. Cuando ya me dio un par de orgasmos suaves sin siquiera sacar su miembro, su actitud cambia: deja de ser cuidadoso, tierno y calculador, y solo es un animal fuerte y salvaje que quiere penetrar a su hembra, dominarla y darse placer con la estrechez de sus agujeros.
Empieza por mi boca. Me la folla con fuerza; se escucha el sonido seco de mi garganta mientras entran y salen de ella una y otra vez sus quince centímetros de carne dura y gruesa. Yo solo lo disfruto, se la lamo y babeo porque su ritmo es incesante. Cuando se cansó de usar mi boca me puso de lado, elevó mi pierna, se aferró a ella y, con ese punto de anclaje, supe que me iba a dar con fuerza. Me llenó de golpe. Gemí y abrí los ojos. Se apoderó también de mis nalgas, las apretó con fuerza, se llenó de ellas, y antes de decirle que me diera duro ya estaba dentro de mí otra vez. Lo veo embistiéndome y me excita notar el placer que le provoco. Sigue dándome y gruñe como una bestia.
Gimo y me vengo a chorros. Joder, pienso cuando empapo el colchón. Él sonríe y me toma del cuello. Soy una princesa delicada montada por un toro, y me encanta esa sensación.
Me toma del cuello. Veo la perversión en su mirada; siempre hace eso cuando está por venirse. Lo aprieto desde dentro y lo siente. Gime, me da una, dos veces más con fuerza y en la tercera estocada ya no sale de mí: se queda dentro y siento cómo me llena con su esperma. Quedo rendida. Él me mira orgulloso de lo que se acaba de coger. Está agitado; veo su pecho velludo elevarse una y otra vez con violencia. Sale de mí, me toma un par de fotos y videos con su celular y se va a bañar, como siempre. Me deja tendida, chorreando semen y mis propios fluidos, satisfecha de lo que me acaban de hacer y con ganas de una siesta, porque sé que cuando salga del baño me va a volver a tomar, esta vez con aún más aguante que el primer polvo.