Esto genera un entorno paranoico donde la honestidad se vuelve un riesgo financiero y personal. Si ahogamos las voces que se atreven a ser transparentes y a actuar con criterio propio, lo único que nos va a quedar es un desierto digital de contenido estéril, hiperpoliciado y profundamente falso. Creadores que solo visitarán lugares "ideológicamente seguros", que solo dirán lo que la turba quiere escuchar y que terminarán vendiendo una neutralidad cobarde disfrazada de conciencia social.
La libertad de expresión no existe para proteger las ideas amables o las conversaciones que no nos incomodan; existe precisamente para garantizar que el criterio individual pueda desplegarse sin el temor al linchamiento por presunción de culpa. El Arturito tiene derecho a reseñar cualquier restaurante, y el público tiene el derecho de decidir si la comida se le antoja o no. Convertir una mesa de comedor en un tribunal geopolítico a fuerza de suposiciones es una muestra de profunda desorientación moral.
No podemos permitir que la realidad alterada del internet nos convenza de que juzgar intenciones ajenas es justicia y de que el odio hacia el vecino es compromiso político. El día que persigamos a quienes ejercen su libertad con honestidad para complacer al tribunal de las redes sociales, nos quedaremos sin voces libres a las cuales escuchar. Y ese silencio, alimentado por la cobardía, la sospecha y el aplauso fácil, no va a dejarnos nada bueno.
El tribunal de la sopa fría: la histeria del boicot y la muerte del criterio propio
Bastaron menos de dos horas de scroll azaroso en las redes sociales para presenciar, en tiempo real, la anatomía perfecta de la histeria digital moderna. Una radiografía incómoda de cómo el debate público ha sido secuestrado por el juicio con tintes de superioridad barata, la paranoia de la sospecha y la moral de escaparate.
El primer reel en mi pantalla abría con una crítica encendida contra Christopher Nolan. El pecado del cineasta no era narrativo ni técnico, sino geopolítico: haber rodado algunas escenas en una playa del Sáhara Occidental ocupada por Marruecos. Según la voz indignada en el video, la búsqueda estética no justificaba aceptar la seguridad brindada por el gobierno marroquí en la locación. Más allá de las discusiones habituales sobre sus elencos, la consigna era clara: había que castigar la irresponsabilidad del arte e incentivar a la gente a no ir a ver La odisea. La premisa resultaba desconcertante: ¿de qué manera exacta abstenerse de comprar un boleto de cine en un centro comercial a miles de kilómetros va a mover un solo centímetro la balanza de un conflicto territorial complejo que lleva décadas estancado?
Apenas intentaba procesar esa paradoja cuando el algoritmo escupió el siguiente video. Esta vez la víctima no era un director multimillonario de Hollywood, sino El Arturito, un creador de contenido gastronómico a quien sigo desde hace tiempo. Una mujer explicaba con tono aleccionador por qué había que dejar de seguirlo de inmediato: El Arturito había cometido el grave delito ideológico de ir a comer a un restaurante propiedad de un chef israelí. La creadora del video daba por sentado —porque en esta era la deducción acelerada reemplaza a los hechos— que sentarse a la mesa de ese lugar equivalía a emitir un voto de apoyo al sionismo y a sus decisiones políticas. Bajo esa asunción tajante, sin espacio para la duda ni para el matiz, la sentencia era automática: boicot, aislamiento digital y cancelación pública.
Si a esto le sumamos el goteo incesante de odio desmedido hacia los argentinos que aún permea en las redes tras el Mundial —donde el análisis deportivo se degradó rápidamente en xenofobia abierta disfrazada de "cotorreo"—, el panorama queda completo. Estamos inmersos en una cultura digital cuya moneda de cambio más rentable es la indignación y cuyo combustible principal es el odio colectivo. Una estructura que nos exige tomar postura sobre todo, todo el tiempo, a través de acciones cosméticas que no resuelven absolutamente nada en el mundo real.
Esta espiral nos arrastra de lleno a un dilema tan viejo como el arte mismo: ¿debemos separar al autor de su obra? La historia está llena de genialidades creadas por personajes éticamente cuestionables. Picasso, por ejemplo, revolucionó la pintura universal y el cubismo mientras en su vida personal era un absoluto tirano con las mujeres, a quienes desgastaba y descartaba sin piedad. ¿Cancela la brutalidad de su conducta privada el valor estético del Guernica? Para la historia del arte, la respuesta suele ser un "no" pragmático: la obra adquiere una vida independiente de las miserias morales de quien la firma.
Pero el tribunal digital ha llevado este debate a un terreno todavía más absurdo e insostenible: ya ni siquiera se trata de separar al autor de su obra, sino de exigirle al espectador o al intermediario una pureza impoluta basada en simples suposiciones.
Con Nolan, la turba no critica únicamente su encuadre o su narrativa; exige que el espectador renuncie a la experiencia estética del cine si el rodaje pisó un suelo geopolíticamente en disputa. Y con El Arturito, la paranoia alcanza niveles delirantes: la turba asume la intención del creador, le imputa una agenda ideológica por el simple hecho de probar un plato y castiga al seguidor por ver el video.
Si Picasso era un tirano, la lógica actual no solo quemaría sus cuadros: encarcelaría al dueño de la galería, cerraría la fábrica que vendió los pinceles y cancelaría a cualquiera que se haya detenido a mirar una de sus pinturas en un museo.
Lo que ocurre con El Arturito me parece un síntoma especialmente peligroso de esta deriva, porque toca una fibra fundamental: la libertad de expresión y el criterio propio.
Para quienes consumimos su contenido, sabemos perfectamente cuál es la dinámica que lo volvió relevante. El fulano en cuestión ha construido un proyecto auténticamente democrático: lo mismo se sienta en un estanquillo de tacos a pie de calle, con una mesa de plástico y un banquito tambaleante, que entra a la cocina de un restaurante con estrellas Michelin. Su propuesta no es elitista ni condescendiente. Pero, sobre todo, El Arturito ha mantenido una regla de oro en un medio profundamente viciado: es transparente. Paga su propia cuenta, no acepta intercambios opacos, no le rinde pleitesía a los dueños y dice con total honestidad si un platillo está malo, si la carne está dura o si el servicio no vale lo que cuesta.
En un ecosistema digital saturado de patrocinios encubiertos, influencers que comen gratis a cambio de sonrisas ensayadas y reseñas compradas por agencias de relaciones p��blicas, lo que hace El Arturito no es solo entretenimiento culinario. Independientemente de que te choque su tono ultra fresa o su forma de ser, el contenido que crea es un ejercicio real y tangible de independencia. Es el uso de la libertad de expresión para ofrecerle al espectador un juicio honesto, sin el filtro de la pauta publicitaria.
Exigirle que someta su tenedor a una prueba de fuego ideológica y asumir intenciones políticas en cada bocado es exigirle a la realidad una esterilidad que no existe en un mundo globalizado.
¿Pero por qué prenden con tanta fuerza estas campañas de aniquilación digital? La respuesta está en la psicología del confort y en la pereza mental de dar las cosas por asentadas.
Resolver la ocupación del Sáhara Occidental, encontrar una vía de paz justa en Medio Oriente o erradicar el racismo sistémico son tareas titánicas. Requieren estudio, diplomacia, activismo territorial, recursos, política real y un compromiso desgastante a largo plazo. Son problemas feos, complejos y sin soluciones de tres pasos.
En cambio, asumir que un creador de contenido es el enemigo, dejar de seguirlo, poner un comentario de odio contra un cineasta o insultar a una nación entera exige exactamente cero esfuerzo. Es el triunfo del slacktivism o activismo perezoso: una maniobra de autoengaño que le regala al usuario una dosis instantánea de superioridad moral. Al presionar el botón de "dejar de seguir", la persona siente que "hizo su parte" por la justicia global, se coloca la medalla de la virtud y se va a dormir con la conciencia tranquila, mientras el conflicto real que pretendía señalar sigue exactamente en el mismo punto de dolor y desolación.
La "funa" se ha convertido en un teatro de sombras donde la causa original es lo de menos; lo que importa es la proyección de nuestras propias frustraciones. Se destruye al eslabón más débil y accesible —un influencer que fue a comer a un lugar— porque los verdaderos actores del poder geopolítico son inalcanzables para el algoritmo.
Hay algo infinitamente más peligroso en coartar este tipo de contenidos libres basándonos en conjeturas que en permitir que existan voces con las que no concordamos.
Al imponerle a los creadores de contenido, a los artistas y a los comunicadores un control de calidad ideológico basado en lo que la turba asume de ellos, no estamos haciendo el mundo más justo; estamos pavimentando el camino hacia la autocensura. El mensaje implícito para cualquier persona que intente ejercer un criterio independiente es aterrador: si no auditas cada paso que das y no condenas a quien el grupo manda condenar, interpretaremos tu silencio como traición y te destruiremos a ti también.
Sé que la Marilyn Cote ya está bien quemadota por sus fotomontajes, pero vengo a darles el dato de a quién pertenece realmente está cinta negra.
Ahí dice que pertenece a 𝘼́𝙡𝙫𝙖𝙧𝙤 𝙈𝙖𝙜𝙖𝙣̃𝙖.
Dejen les disecciono por partes lo que dice la cinta:
El chisme de la psiquiatra franco-italiana galardonada en Noruega. Que realmente es una abogada poblana me está dando vida.
Lo que sí me aterra es que la gente le haya creído con las fotos que subía.
Marilyn Cote, no se pierdan su Instagram
@SanLorenzo Hola! Acabo de ver que se confirmó fecha en la Bombonera el 18 de Agosto. Soy de México y casualmente estaré ese día en BsAs y muero por ir!!! Cómo puedo comprar un par de entradas???? Me orientan please 🙏
Entrar a tu cuenta después de años y darte cuenta que es como una cápsula del tiempo digital. Es como hacer un ejercicio de introspección obligado jaja.