Yo –que tan románticamente vivo casi enteramente de recuerdos, mucho más vuelto al pasado que al porvenir– tuve que someterme a la amarga ley del presente; vivir «al día», solamente en el instante, listo a atacar y a defenderme.
No puedo allegarme, mamá, no puedo ser lo que todavía ves en esta cara. Y no puedo ser otra cosa en libertad, porque en tu espejo de sonrisa blanda está la imagen que me aplasta, el hijo verdadero y a medida de la madre, el buen pingüino rosa yendo y viniendo y tan valiente.
La lenta máquina del desamor,
los engranajes del reflujo,
los cuerpos que abandonan las almohadas,
las sábanas, los besos,
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo,
ya no mirándose entre ellos,
ya no desnudos para el otro,
ya no te amo,
mi amor.
Recién ahora, al atardecer de este domingo nublado y desapacible, me asomo al papel para traerle mi palabra, gris como el tiempo y un poco cansada por la insignificancia de todo un año más de vida.
A partir de ahora iba a ser diferente si usted lo quería, a partir de ahora seríamos dos para venir en las noches de lluvia, tal vez así saliera mejor, o por lo menos sería eso, seríamos dos en las noches de lluvia.
Nada me salva de meditaciones sordas y torturantes; ni el cansancio, ni los conflictos más o menos sentimentales, ni los libros, ni la música. Apenas si la Poesía… y eso por instantes, que harto le agradezco.
"Yo he sido siempre muy sentimental y lo sigo siendo, tengo muy mal gusto ¿sabes? En materia de sentimientos soy fácilmente sentimental, soy de los que lloran en el cine y luego salen disimulando la cara".
Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.
Llorá, argentino, llorá por fin un llanto
de verdad, cara al tiempo
que escamoteabas ágilmente,
llorá las desgracias que creías ajenas,
la soledad sin remisión al pie de un río,
la culpa de la paz sin mérito.
Todo esto pasará. Lo monstruoso de la vida es precisamente que todo, aun lo más válido, pasa. Usted puede pensar: es mejor así. Ciertamente, desde un punto de vista pragmático, defensivo. Pero no es eso lo que un corazón inconfesadamente desea.
Ya ves,
y yo sigo pensando en ti,
no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa
y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube
y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.
Yo diré: Ya es muy tarde.
No me contestarán ni mis guantes ni el peine,
solamente tu olor, tu perfume olvidado
como una carta puesta boca abajo en la mesa.