Puñetera manía de decir que la Sanidad pública es gratuita. NO, NO ES GRATUITA, al menos para los españoles. La pagamos con nuestros impuestos. Es gratuita sólo para los inmigrantes ilegales que no paran de entrar sin control. La Sanidad pública NO ES GRATUITA!!! Léase gritando.
es mil veces mejor un plan de tardeo o uno de chill que salir de fiesta en una discoteca hasta las tantas, gastarte un pastizal y encima estar reventado al día siguiente, de este barco no me baja nadie
Un niño de 4 años con autismo que no puede hablar, pero que es encantador, cariñoso e inteligente, y que asiste a una escuela ordinaria, no especializada en autismo. Su madre recibió este vídeo de la escuela, en el que se ve a su pequeña compañera, que no tiene autismo, colmándolo de amor y cariño... La madre está muy agradecida por todo el amor y el cariño que recibe su hijo de su compañera de clase.
Con amor, cariño y amabilidad nos curamos
Si no sabes comunicarte, pedir perdón o decir la verdad, entonces aún te falta crecer y no estás preparado para construir vínculos amorosos de forma sana con nadie.
Dentro de una semana es el 8M, va a ser maravilloso ver a todas las rojas con banderas del régimen iraní el cual asesina a mujeres por no llevar el hiyab.
Al final, a las personas maduras y conscientes solo nos queda hacernos cargo de las elecciones que hicimos: a qué le dimos prioridad, en dónde decidimos quedarnos, a qué renunciamos… y qué vamos a hacer con ese huequito en el corazón que inevitablemente queda después.
Pacientes ingresados en hospitales de Córdoba pidiendo el alta, xq quieren dejar sus camas para los heridos de Adamuz
Pacientes esperando en Urgencias que se marcharon en cuanto vieron llegar a los primeros heridos
Como en todas las tragedias, la ola de solidaridad es increíble
6 enero
Lo bonito de un regalo es saber que alguien pensó en ti, en tus gustos y necesidades, que fue a comprarlo o mejor aún, se tomó la molestia de hacerlo. Lo bonito de un regalo es la ilusión, la sorpresa, el gesto. Saber que ese alguien antes del regalo, te regalo su tiempo
Ahora, mientras no para de llover, voy a contaros algo muy personal.
El año pasado, tal día como hoy, un 4 de enero, ya de vuelta a casa con la chaqueta en una mano y el tambor en la otra, se acercó a mí una mujer con una pequeña de unos diez años agarrada de la mano.
-Perdona chico, he salido tarde de trabajar y no hemos llegado a tiempo a ver al Heraldo. Mi niña tiene aquí la carta y le he dicho que, aunque no haya podido echarla en el buzón, los músicos tenéis contacto de primera mano con él, ¿verdad?
Me guiñó un ojo.
-Claro que sí -contesté seguro, devolviendo el guiño-, no tienes por qué preocuparte. Además, voy a contarte un secreto; cada 4 de enero, después de recoger las llaves de la ciudad y dejar a su caballo descansar, el Heraldo Real cena con todos los músicos de la banda, así que voy a tenerlo muy cerca. Yo se la daré.
Lucía llevaba semanas doblando y desdoblando aquella carta.
No era una carta cualquiera. Estaba escrita despacio, con letra grande y temblorosa, como se escriben las cosas importantes cuando aún no se sabe muy bien cómo sujetar el mundo con las manos. Había borrado dos veces su nombre porque no le gustaba cómo le había quedado la “L”, y había vuelto a empezar desde cero, convencida de que el Heraldo Real sabría notar la diferencia.
La carta olía a lápices de colores y a ilusión recién estrenada. Dentro no había grandes regalos: una muñeca que ya no se vendía y que había visto una vez en un escaparate; que su padre llegara antes a casa algunos días; que su madre dejara de llorar en la cocina cuando creía que nadie la veía. Al final, en letras más pequeñas, había añadido: “Prometo portarme bien incluso cuando esté triste”.
Lucía no pareció convencida del todo, pero me entregó la carta sin articular palabra. Su madre me lo agradeció, la pequeña agarró de nuevo su mano y las dos se marcharon caminando bajo las luces que flotaban sobre las calles más bonitas del mundo.
Antes de que desaparecieran de mi vista, pude oír una promesa; “el año que viene llegaremos a tiempo”.
Jamás he sentido mayor responsabilidad, y eso que yo no podía hacer nada. Me limité a apretar la carta de Lucía junto a la palillera y emprender la vuelta a casa.
Guardé aquella carta como un tesoro.
La mañana del 6 de enero, al despertar, solo pude pensar en que ojalá Lucía estuviera siendo feliz abriendo sus regalos.
Hoy, un año después, no están siendo días fáciles. La lluvia ha llegado y parece querer quedarse. Ya nos estropeó el día hace dos años, pero hoy es diferente.
Hoy Lucía debe llegar a tiempo.
No parece que vaya a ser un día fácil. Quizás las partituras y los instrumentos se mojen. Quizás se borre la tinta de las cartas de los más pequeños. Puede que tengamos que engalanarnos con chubasqueros o puede que, por la salud de los nuestros, y aunque no todo el mundo lo entienda, no podamos participar.
Y aún con todo lo anterior, yo buscaré a Lucía en cada esquina, con la carta en la mano y los nervios en su sonrisa.
Ser la música de la Navidad no solo es una responsabilidad. Es un privilegio.
𝐘 𝐧𝐚𝐝𝐢𝐞 𝐧𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐝𝐫𝐚́ 𝐪𝐮𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐢𝐥𝐮𝐬𝐢𝐨́𝐧.