El amor no es refugio, es la intemperie:
desnudarse ante el arco y la saeta,
no es el pacto de manos que se aprietan
sino el vértigo de dos que se han soltado.
Un abismo que solo el que ha amado
—y es valiente— se atreve a interpretar.
No te olvido.
No porque fueras grande,
sino porque dejaste astillas.
Y algunas noches, cuando respiro hondo,
todavía me las clavo justo ahí,
donde más dueles.
Las rupturas no hacen ruido. Solo dejan la cama más grande, las manos sin sitio y una rutina que ya no sirve. Uno se va creyendo que gana. El otro se queda aprendiendo a vivir con lo que falta.
No nací para lo casual.
Te bañaría si algún día no pudieras hacerlo, pondría una alarma para recordarte tus medicinas, te llevaría el desayuno a la cama cuando no tengas fuerzas para levantarte y te dejaría el último bocado, incluso si es mi comida favorita.