3. La columna de IA sobre el voto en blanco
LA DEMOCRACIA DE LOS INCONFORMES
En Colombia se ha vuelto costumbre exigir que todos tomemos partido. Que escojamos un bando. Que nos alineemos con una causa. Que aceptemos que, en cada elección, existe una opción correcta y una incorrecta.
Yo no lo veo así.
En esta segunda vuelta presidencial no me siento representado por ninguno de los dos candidatos. He escuchado sus discursos, leído sus propuestas y observado a quienes los rodean. Y aunque reconozco que ambos tienen seguidores convencidos y argumentos legítimos para respaldarlos, no encuentro razones suficientes para entregarles mi voto.
Por eso votaré en blanco.
No lo hago por indiferencia. Tampoco por apatía. Mucho menos porque crea que todos los políticos son iguales. Votar en blanco es una decisión consciente. Es la manera que encuentro de participar en democracia sin respaldar proyectos políticos con los que no me identifico.
En los últimos años hemos convertido la política en una especie de guerra cultural permanente. Parece que ya no hay espacio para los matices. Si uno critica a un candidato, inmediatamente lo ubican en el campo contrario. Si cuestiona a ambos, lo acusan de tibio, de cobarde o de querer lavarse las manos.
Pero la democracia también debería permitirnos decir: ninguno me convence.
No creo que el voto en blanco resuelva los problemas del país. No tengo la ingenuidad de pensar que cambiará por sí solo el rumbo de Colombia. Lo que sí creo es que tiene un valor simbólico importante: expresa que existe un sector de ciudadanos que no se siente representado por las alternativas que llegaron al final de la contienda.
Algunos dirán que en segunda vuelta hay que escoger el mal menor. Respeto esa posición. Pero no la comparto. Porque el concepto de “mal menor” es profundamente subjetivo. Lo que para unos representa una amenaza, para otros es una esperanza. Y viceversa.
Yo prefiero la honestidad política. Si ninguno de los dos proyectos me convence, no voy a fingir entusiasmo por uno de ellos únicamente porque me desagrada más su rival.
Votar en blanco no significa renunciar al futuro del país. Significa ejercer un derecho democrático con coherencia. Significa reconocer que la representación política no puede imponerse a la fuerza de las circunstancias.
Quizás mi voto no cambie el resultado de la elección. Pero sí me permitirá conservar algo que considero fundamental: la tranquilidad de haber votado de acuerdo con mis convicciones y no por miedo, presión o resignación.
Y en tiempos donde parece obligatorio escoger un bando, esa también es una forma de defender la democracia.
No respondas desde la herida. No expliques donde no hay escucha. No insistas donde tu energía ya no es bienvenida. Aprender a retirarte en silencio también es una forma de sanación. Porque hay lugares que solo te desgastan. Y tú estás aprendiendo a cuidarte mejor.
no one loves you when you are depressed. plain and simple. we can talk all day about mental health and how important it is, but the moment you are depressed, people start to distance themselves. they see you as negative, a burden and someone too heavy to handle.
Dejar que te decepcionen. Dejar que se marche quien quiera. Dejar de comunicar donde no te escuchan. Dejar de estar donde no te eligen. Dejar de luchar para que te entienda quien no está dispuesto a hacerlo. Soltar el control no es fracasar, sino ganar la batalla más importante de todas: contra aquello que no depende de ti. Y estar en paz es la consecuencia y el premio más valioso de todos. Sin duda
Dejen de romantizar que sanar es salir a tomar café e ir a caminar a lugares bonitos, sanar es abrumante, es un sube y baja de emociones constantes, es intentarlo todos los días a todo momento, y no dejar que tus pensamientos te ganen y arruinen tu día, no es genial, es horrible.
Si me ven riendo, saliendo, disfrutando de la vida y progresando, por favor, déjenme.
Hubo un tiempo en el que me quedaba en mi casa, lloraba, no comía, no me cuidaba y no vivía la vida. Ahora solo trato de vivir de nuevo, recuperando lo perdido y ya no voy a dejarme de lado ❤️🩹
No one actually likes you when you're depressed. Plain and simple. We can talk all day about mental health and how important it is, but the moment you are depressed, people start to distance themselves. They see you as negative, a burden, and someone too heavy to handle.
Memory loss from deep depression and trauma is something people rarely talk about. It’s often reduced to “just sadness” or overthinking, but it runs much deeper than that. You can forget conversations, names, even entire periods of your life, not because they didn’t matter, but because you were in survival mode.
When you’re overwhelmed and just trying to make it through the day, your brain shifts from storing memories to simply keeping you functioning. That reality is often overlooked. Healing isn’t only emotional, it’s also about slowly rebuilding yourself, including the pieces you didn’t even realize were missing.
"La IA te va a reemplazar", ya quisiera esa prra tomarse las cosas de forma personal, emocional, mental, astral, interpersonal, espiritual y gastrointestinal como yo.
Me quiero abrazar tan fuerte y decirle a mi yo cansado/a y triste que todo va estar bien, que este proceso es el que me va a hacer más fuerte en el futuro, que está bien tener miedo, estar enojado/a y a veces triste, te prometo que vamos a estar bien.
Mi mejor amiga dejó de responderme de un día para otro.
Yo tengo 30.
Ella 29.
Hablábamos todos los días.
Nos contábamos todo.
O eso creía.
Nunca hubo peleas.
Nunca hubo celos.
Nunca hubo drama.
Solo silencio.
Al principio pensé que estaba ocupada.
—Luego me escribe —me dije.
No escribió.
Pasaron dos días.
Luego una semana.
Le mandé mensajes.
“¿Todo bien?”
“¿Te pasó algo?”
“Respóndeme, por favor.”
Nada.
Vi que subía historias.
Salía.
Reía.
Pero a mí… nada.
Eso dolió más.
Fui a su casa.
No abrió.
Toqué varias veces.
Nada.
Me fui confundido.
Molesto.
Herido.
—Después de todo… ¿así termina? —pensé.
Dos semanas después recibí un mensaje.
No era de ella.
Era de su hermana.
—¿Puedes venir?
Fui sin pensar.
Cuando llegué, el ambiente era raro.
Silencioso.
Su hermana me hizo pasar.
—Está en su cuarto —dijo.
Abrí la puerta despacio.
Ahí estaba.
Sentada en la cama.
Más delgada.
Más apagada.
Levantó la mirada.
—Hola —susurró.
Sentí rabia.
—¿Por qué me ignoraste? —solté.
No respondió de inmediato.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Porque no quería que me vieras así.
No entendí.
—¿Así cómo?
Su hermana habló desde la puerta.
—Está en tratamiento.
El mundo se me cayó un poco.
—¿Tratamiento de qué?
Silencio.
Mi amiga apretó las manos.
—Depresión —dijo finalmente.
Todo encajó de golpe.
Las ausencias.
El silencio.
La distancia.
Me senté a su lado.
—Podías decirme —murmuré.
Negó con la cabeza.
—Siempre te cuento cuando estoy bien… no cuando estoy rota.
No supe qué decir.
Solo me quedé ahí.
En silencio.
Como debí haber estado antes.
Esa noche entendí algo que nadie te dice:
No todas las personas que se alejan… quieren irse.
Algunas se esconden porque no saben cómo pedir ayuda.
Y a veces, el silencio que más duele…
es el que alguien usa para no sentirse una carga.
No estoy enojada; es solo que la vida me está golpeando duro, y me siento herida. He llegado a ese punto extraño donde nada parece importar, como si todo lo que antes dolía o importaba hubiera perdido fuerza de tanto insistir. Al final, solo soy yo intentando protegerme.
Tener recaídas en la salud mental te hace practicar salir adelante pero también te agota porque dale, otra vez tengo que sacarme de este pozo? Si ya sé que ya salí antes pero destruyó mis sueños, mis relaciones, mi cuerpo. No estaría mal quedarme afuera del pozo de una vez.
La romantización de la “salud mental” en redes nos está vendiendo la idea de que sanar es café en tazas lindas y escribir en un diario, cuando la realidad es que sanar de verdad es un proceso incómodo, crudo y solitario donde te toca enfrentarte a tu propia mente sin adornos.