No hay un cantante de Reggaeton más importante que Daddy Yankee. No hay una persona que te haga bailar más en los boliches que este muchacho. El más grande de toda la historia, abismal diferencia al resto.
En este país se nos quiere vender el cuento de que los subsidios eran el demonio. Que el diésel a un dólar era populismo, que la extra a 1,48 era un lujo insostenible y que la súper a 2,00 era un error histórico. Y mientras tanto, hoy, con precios triplicados, nos quieren convencer —con sonrisas televisadas y aplausos empresariales— de que pagar más es por nuestro propio bien.
En los tiempos del “populismo”, el pueblo comía más barato, viajaba más barato, vivía con menos angustia. Menos pobreza, menos abandono, menos delincuencia. ¿Casualidad? No: consecuencia. Porque cuando un Estado decide subsidiar el combustible, no subsidia la gasolina, subsidia la dignidad de millones de familias.
Ahora el nuevo evangelio económico predica que los sacrificios son técnicos y que el FMI es nuestro pastor. Nos quitan el subsidio y nos devuelven un bono migajero, como si la vida de un agricultor pudiera compensarse con un tractor de cartón y la de un chofer con un cheque postizo. Pura contabilidad que emula política social.
Los periodistas obedientes, convertidos en notarios del ajuste, nos dicen: “esto es bueno para el país ”. Los empresarios aplauden desde sus torres de cristal. El FMI sonríe satisfecho desde. Y mientras tanto, en el mercado Santa Clara, la papa y el tomate suben de precio porque el camión que los trajo pagó diésel más caro.
El pueblo, que antes sentía al Estado como un aliado en su mesa, ahora lo siente como un cobrador en su bomba de gasolina. Y cuidado, la violencia no brota de la nada. Brota cuando la dignidad se asfixia. Cuando un padre no puede llenar el tanque para trabajar. Cuando un bus se encarece aunque juren que el pasaje no subirá ni un centavo. Cuando la comida se encarece aunque juren que no pasará nada.
La gran farsa se resume en que antes, subsidios para el pueblo significaban populismo irresponsable; hoy, subsidios al FMI significan responsabilidad técnica. En ambos casos, los sacrificios siempre recaen sobre los mismos: los de abajo.
La verdad es que la eliminación de subsidios no es un acto de valentía, es un acto de servidumbre al capital internacional. Se nos quita a todos para asegurar que los banqueros y acreedores sigan durmiendo tranquilos, mientras al pueblo se lo narcotiza con propaganda de escudos sociales que no escudan nada.
El diésel a un dólar no era un error, era un símbolo de que el Estado podía estar del lado del pueblo. Mientras nos convenzan de que pagar más es progreso, lo único que progresa es la pobreza.