En pocos días se acaba el año y, aunque sigo siendo yo, ya no soy la misma persona de enero. Cambié hábitos, solté lo que drenaba mi energía, me acerqué a quienes sí suman, aprendí cosas que no sabía que necesitaba y entendí que los planes cambian, pero yo también. Quizá hoy no todo esté perfecto, pero estoy mejor que antes: más consciente, más en paz. Y confirmé una vez más algo importante: nada fue casualidad; todo lo que viví este año tenía un propósito.
Han pasado más de once meses de un año que te enseñó que las cosas no siempre salen como esperas. Un año en el que lloraste, te rompiste y aun así encontraste la fuerza para seguir. Lo estás haciendo tan bien como puedes. Sé suave contigo, honra tu camino y respeta tu proceso. Sigue adelante con fe, paciencia y mucho amor propio.