“Me dirijo aquí a quienes forman parte del grupo de psicoanálisis que representamos. Si no vienen aqui a fin de cuestionar toda su actividad, no veo porque están ustedes aquí”.
La condición melancolía se sitúa en el juicio: No es que cuando muera ahí ya no seré. Es que si al comienzo no estuve nunca, ni seré, ni estaré, no habrá muerte propia.
El tiempo suspendido entre ser y no-ser.
El acento no debe ser animar al analizante a comprender más, sino a dirigirlo hacia lo que lleva a la conclusión ¿La conclusión de qué? A la conclusión del sentido para dar con un acontecimiento original.
Otorgarle a la palabra su dignidad, no es simplemente hablar, pues hay palabras que son vacías, sino llevarnos a lo que sería nuestra relación íntima con las palabras que nos fueron donadas.
La práctica psicoanalítica empuja a la palabra hasta sus últimos límites. La idea de cómo una práctica oral, que no hace de lo verdadero su eje fundamental y que no se limita a la búsqueda de la verdad, va más allá intentando rodear lo que hay más íntimo en cada uno de nosotros.
Un psicoanalista no es la medida de nada para un analizante. Ni modelo, ni ideal. El psicoanalista es solamente aquel que se ofrece a ser semblante de objeto para alguien a los fines de hacerle posible el encuentro con la radicalidad de su inconsciente.
En teoría existe una posibilidad de felicidad perfecta: creer en lo indestructible que hay dentro de nosotros y no aspirar a ello. (19 de diciembre de 1917).