Ayer me dijo "sí" frente al altar. Desde ayer es mi esposa.
Y hoy, menos de 24 horas después, en plena luna de miel, en lo que se supone sería nuestro momento más íntimo y romántico… la estoy besando profundamente mientras otro hombre la bombea con fuerza en la vagina.
Una vagina que mi micropene nunca ha podido, ni podrá, llenar ni hacer temblar como ella merece. Sé que jamás la haré gemir, gritar ni retorcerse de placer como lo hace ahora. Por eso se la ofrezco. Le entrego su cuerpo a otro para que coja a este monumento de mujer delante de mis ojos.
Me excita hasta el fondo sentirme humillado. Verla transformada en puta ajena, abierta y entregada, mientras nuestros amigos y familia seguramente imaginan que soy yo quien la está haciendo mía en estos momentos. Y la realidad es tan distinta: solo miro, inmóvil, cómo otro se la folla sin piedad.
Amo atrapar sus tetas que rebotan violentamente con cada embestida de esa verga gruesa. Amo besarla entre gemidos roncos, sentir su lengua enredarse desesperada con la mía, mientras al otro extremo un extraño la abre cada vez más, la estira, la hace suya de una forma que yo solo puedo soñar.
Es mi esposa.
Es nuestra luna de miel.
Y ella está gimiendo por otro… justo delante de mí.
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Nunca salió bien un encuentro en donde sólo él tenía la fantasía, sólo él sabía a lo que ellos iban, y sólo él iba con la misión de verla a ella cogiendo conmigo, sin que la chica se enterara del plan o estuviera de acuerdo.