EL ESTANQUE DE LOS PECES ROJOS
Rueda quiere hacernos creer algo que no es. No pasa nada. @PerezAlber32244 se ha encargado de recordarle quién negocia con China.
Cuando ves q condenan a un Fiscal General sin pruebas y retuercen el derecho para dejar libre a Aldama, con la pasta en el bolsillo, es q la democracia ya formar parte de los sueños de una noche de verano. Si tuviera q recurrir hoy a la justicia lo haría con desconfianza y miedo.
El demoledor dato de las residencias que dejan en evidencia a Ayuso @IdiazAyuso: más del 70% de los mayores hospitalizados sí sobrevivieron...
https://t.co/dcsgzb3Z1F #MalasLenguasN
Carmen y el mar
Nueva entrega porque es sábado noche y aquí se la traigo. Recomiendo leerlo con calma y con esta música: https://t.co/XwIAlcdD1i
Gracias por estar, queridos y amadísimas.
-La víspera del cumpleaños
La semana fue dejando pequeñas señales, como migas de pan sobre una mesa.
Sin grandes acontecimientos.
Sin escenas dignas de ser contadas con música.
Solo eso: señales.
Una llamada contestada sin miedo.
Una llamada no contestada sin culpa.
Una planta de albahaca que, contra todo pronóstico, seguía viva junto al romero del balcón.
Una taza de Ana todavía fuera de lugar.
El cargador de Eduardo sobre la mesilla de la habitación pequeña, esperando su excusa.
El delfín azul en la nevera, vigilando con su sonrisa absurda la nota rosa:
Recordar:
vivir.
cantar.
quedarse.
abrir.
Y la postal del faro pegada al lado:
Los faros no persiguen barcos.
Solo permanecen encendidos.
Carmen la leía cada mañana.
A veces con café.
A veces con sueño.
A veces con esa tristeza suave que ya no entraba dando portazos.
Había empezado a entender que la tristeza, cuando deja de mandar, puede convertirse en compañía. Una presencia antigua, sentada cerca, sin necesidad de ocupar toda la casa.
El martes bajó al mercado.
Compró pescado, limones, pan, cerezas y una pequeña vela blanca en una tienda de objetos para el hogar. No sabía por qué la compró. O sí lo sabía, pero no quiso decírselo todavía. La guardó en un cajón de la cocina, junto a las servilletas, como quien esconde una idea que aún no sabe pronunciar.
El miércoles fue a la librería Puerto Norte.
No compró nada.
Eso le pareció un acto de madurez casi heroico.
El librero, al verla salir con las manos vacías, le dijo:
—Hoy ha vencido usted al comercio.
—Solo hoy.
—Una victoria breve también cuenta.
Carmen caminó después hasta el faro.
El faro seguía allí.
Bajo.
Blanco.
Algo feo.
La pintura de la puerta azul empezaba a levantarse por una esquina. La barandilla tenía más óxido del que recordaba. Un turista alemán le hacía fotos como si estuviera ante una ruina imperial. Carmen pensó que el mundo era generoso cuando quería: incluso las cosas modestas podían tener su peregrino.
Se apoyó en la barandilla.
Miró el mar.
El agua golpeaba las rocas con una serenidad severa.
Carmen sacó el cuaderno color arena y escribió:
No sé si los faros están solos.
Se quedó mirando la frase.
Luego añadió:
Quizá no. Quizá están acompañados por todo lo que no naufraga gracias a ellos.
El jueves recibió un mensaje de Ana:
Este fin de semana voy. Sin debate.
Carmen sonrió.
Respondió:
¿Vienes a inspeccionar la albahaca?
Ana contestó:
Entre otras formas de civilización.
Un minuto después llegó otro mensaje.
Eduardo también va. Pero que conste que no he coordinado nada. Solo he ejercido presión elegante tras tenerlo amordazado.
Carmen miró la pantalla durante un rato.
Eduardo.
El cargador.
La excusa.
La puerta.
Sintió una punzada, sí.
Pero no de miedo.
O no solo.
A veces la vida vuelve a moverse dentro de una con una timidez casi animal.
Carmen escribió:
Que venga. Su cargador empieza a tener vida propia.
Eduardo respondió por separado esa misma tarde:
Me han informado de que el delfín mantiene secuestrado mi cargador. Solicito negociación.
Carmen escribió:
El delfín exige café y buena conducta.
Acepto lo primero. Lo segundo intentaré fingirlo.
Carmen se rio.
Sola, junto a la ventana.
Y esa risa, limpia y pequeña, le pareció una forma de lujo.
El viernes por la mañana, Matilde llamó a su puerta.
Carmen abrió con una taza de café en la mano.
—Buenos días, hija.
—Buenos días, Matilde.
La vecina llevaba una jaula vacía.
Carmen miró la jaula.
Luego a Matilde.
—¿Ha pasado algo?
—Una desgracia con plumas.
—¿Qué desgracia?
Matilde levantó la jaula con expresión de juez cansado.
—Se ha escapado el canario de Ramón.
Carmen tardó un segundo en entender.
—¿Ramón, el del saxofón?
—El mismo. Primero torturó el edificio con escalas menores y ahora pierde fauna doméstica. Un historial.
—¿Y cómo se llama?
—El canario o Ramón.
—El canario.
Matilde suspiró.
—Manolo.
Carmen intentó no reír.
No lo consiguió.
—¿El canario se llama Manolo?
—Según Ramón, era un homenaje a su abuelo. Según yo, una falta de respeto al animal.
Carmen apoyó la taza sobre la entrada.
—¿Y cree que puede estar aquí?
—Puede estar en cualquier parte. Los canarios no entienden de propiedad horizontal. Si lo ves, no lo asustes. Es amarillo, pequeño y canta como si hubiera ganado algo.
Carmen miró hacia el balcón.
—Estaré atenta.
Matilde bajó la voz.
—Ramón está muy disgustado.
—Claro.
—Aunque no lo parezca, quiere al pájaro.
—A veces queremos mal lo que encerramos demasiado.
Matilde la miró con atención.
—Vaya.
Carmen se encogió de hombros.
—Me ha salido.
—Pues guárdalo. Es buena frase. No la malgastes en el rellano.
La vecina se marchó con la jaula vacía.
Carmen cerró la puerta despacio.
Durante todo el día pensó en el canario.
Manolo.
El nombre le parecía ridículo y tierno a la vez, como casi todos los nombres puestos con demasiado amor y poco criterio.
A media tarde salió al balcón y observó los árboles del paseo. Oyó gaviotas. Motos. Voces. Un niño llorando porque no quería irse de la playa. Pero no oyó ningún canario.
Aquella noche escribió en el cuaderno:
Se ha escapado un canario en el edificio.
Debajo añadió:
No sé si huir y liberarse son siempre cosas distintas.
El sábado amaneció luminoso.
Carmen limpió un poco.
No demasiado.
Respetó la orden de Ana como quien respeta una ley antigua. Dejó la manta con una esquina mal doblada. No movió la taza de su amiga. No tocó el cargador de Eduardo. Solo ordenó la mesa, cambió el agua de las flores secas que ya no debían llamarse flores y preparó una comida sencilla: ensalada, pan, queso, aceitunas, pescado para la noche y una tarta pequeña comprada en la pastelería de la esquina.
Al llegar a casa, se dio cuenta de que había comprado la tarta sin pensarlo.
La dejó en la nevera.
Luego abrió el cajón y sacó la vela blanca.
La colocó sobre la mesa, al lado de la tarta.
Mañana era su cumpleaños.
Durante años había vivido esa fecha de maneras distintas: con cenas ruidosas, con mensajes formales, con regalos que no sabía dónde poner, con alguna fiesta organizada por otros, con alguna tristeza inexplicable escondida bajo una blusa bonita.
Pero aquel año era diferente.
Aquel año no esperaba nada grande.
Y precisamente por eso le pareció enorme estar allí.
En su piso junto al mar.
Con una planta viva.
Un delfín horrible.
Un cuaderno nuevo.
Un faro feo.
Una vecina sabia.
Una amiga insoportable.
Un hombre que había dejado un cargador como quien deja una promesa torpe.
Y un canario escapado en alguna parte del edificio.
Por la tarde llegaron Ana y Eduardo.
No juntos.
Ana primero, como siempre.
Entró con una bolsa de tela, un ramo de flores amarillas y una caja de pastas.
—No digas nada -advirtió-. Las flores amarillas no son negociables. Una casa que ha sobrevivido a nosotras merece insolencia cromática y el ayuntamiento no las echará en falta.
Carmen la abrazó.
Un abrazo largo.
De esos que ya no piden explicaciones.
—Estás bien -dijo Ana junto a su oído.
No era una pregunta.
Carmen sonrió.
—A ratos.
—Eso es estar bien en versión adulta.
Eduardo llegó poco después.
Traía una botella de vino, un paquete pequeño envuelto en papel azul y esa expresión de hombre que intenta no parecer demasiado emocionado y fracasa con cierta nobleza.
—Vengo por mi cargador -dijo.
Carmen se apoyó en el marco de la puerta.
—Claro. Nada más.
—Nada más.
Ana apareció desde la cocina.
—Mentís los dos con una torpeza que ofende al teatro.
Eduardo levantó el paquete.
—También traigo esto.
Carmen lo miró.
—Mi cumpleaños es mañana.
—Lo sé.
—Entonces llega pronto.
—Técnicamente, yo también.
Carmen le dejó pasar.
Cenaron con las ventanas abiertas.
No hubo confesiones solemnes.
No hubo grandes escenas.
Solo comida, vino, risas y el mar sonando al fondo como una respiración de fondo. Ana contó una historia delirante sobre una mujer del tren que comía pistachos con una violencia casi política. Eduardo defendió que el arroz pasado del otro día había sido “un ensayo de textura”. Carmen dijo que aquello no era cocina, sino arqueología húmeda.
Matilde llamó a la puerta después de la cena.
Traía otra tarta de manzana.
—No vengo a molestar -dijo, entrando antes de que nadie pudiera decidirlo-. Vengo a asegurar el nivel moral de esta celebración.
Ana se levantó.
—Matilde, usted y yo tenemos que fundar algo.
—No me tientes, que tengo tiempo.
Ramón, el del saxofón, apareció detrás de ella con cara de disculpa crónica.
—Perdón. Estoy buscando a Manolo.
Eduardo parpadeó.
—¿Manolo?
—El canario -dijo Carmen.
Ana dejó la copa sobre la mesa.
—Por supuesto. Faltaba un canario llamado Manolo. Era inevitable.
Ramón miró hacia el balcón.
—A veces va hacia las luces. Le gusta cantar por la tarde. Si lo veis, avisadme.
Carmen asintió.
—Lo haremos.
Matilde señaló la mesa.
—Ya que estamos, podemos probar la tarta. No conviene buscar pájaros con el estómago triste.
Y así, sin que nadie lo hubiera previsto, aquella cena pequeña se convirtió en algo parecido a una fiesta.
Matilde sentada con una copa de vino.
Ramón explicando que el saxofón no era ruido, sino “respiración organizada”.
Ana rebatiendo esa afirmación con una precisión casi jurídica.
Eduardo riéndose.
Carmen mirando a todos desde su silla.
Su casa estaba llena.
No abarrotada.
Llena.
Esa era la palabra.
Llena de voces, de migas, de platos, de sillas movidas, de una vecina que hablaba como oráculo de portal, de un saxofonista culpable, de una amiga que mandaba, de un hombre que volvía sin exigir, de un cumpleaños que todavía no había llegado pero ya estaba respirando.
En algún momento, Ana levantó la copa.
—Por Carmen -dijo.
Carmen negó enseguida.
—No.
—Sí.
—Ana.
—Calla. Solo una cosa.
Todos la miraron.
Ana habló sin ironía, y eso hizo que la habitación cambiara de temperatura.
—Por Carmen, que ha aprendido algo que casi nadie aprende sin romperse antes: que una casa no se construye para esconderse del mundo, sino para poder abrirle la puerta sin desaparecer.
Carmen bajó la mirada.
Eduardo levantó su copa.
—Por Carmen.
Matilde también.
—Por la nueva del segundo.
Ramón añadió:
—Y por Manolo, esté donde esté.
Ana lo fulminó con la mirada.
—Ramón.
—Perdón.
Carmen empezó a reír.
Y todos rieron con ella.
Después, no supo quién lo pidió.
Quizá Ana.
Quizá Matilde.
Quizá nadie.
Pero en algún momento Carmen cantó.
No mucho.
No bien.
Una melodía breve, casi infantil, nacida de aquellas semanas junto al mar. Cantó sin levantarse de la silla, con las manos sobre el regazo, mirando primero la mesa y después la ventana abierta.
El piso guardó silencio.
Incluso Ana.
Incluso Matilde.
Incluso Ramón, que por una vez no intentó acompañar con teoría musical.
Carmen cantó bajo.
Desafinado.
Pero ya no con timidez.
Cuando terminó, nadie aplaudió.
Fue mejor así.
Matilde se limpió una lágrima con el dorso de la mano y dijo:
—Bueno. Afinar no afinas.
Ana soltó una carcajada.
La tensión se rompió.
Carmen también rió.
—Ya me lo habían dicho.
—Pero cantas verdad -añadió Matilde.
Y esa frase quedó allí.
Como una lámpara.
Más tarde, cuando Matilde y Ramón se marcharon, cuando Ana volvió a apropiarse del sofá y Eduardo salió al balcón con Carmen, la noche tenía ya otra densidad.
—Feliz casi cumpleaños -dijo él.
Carmen apoyó los brazos en la barandilla.
—Gracias.
—Tengo que darte el regalo.
—Mañana.
—Mañana.
Se quedaron mirando el mar.
El faro, al fondo, encendía y apagaba su luz con una paciencia exacta.
—¿Te asusta? -preguntó Eduardo.
—¿Cumplir años?
—Sí.
Carmen pensó.
—Este no.
—¿Por qué?
Ella miró hacia dentro. Ana dormía ya en el sofá con una manta encima. Sobre la mesa quedaban platos, copas, dos tartas empezadas, flores amarillas, el cuaderno azul y el cuaderno color arena.
—Porque esta vez no siento que me haya pasado un año por encima.
Eduardo esperó.
—Siento que he llegado a uno.
Él no contestó.
No hacía falta.
Carmen se metió la mano en el bolsillo y sacó el delfín azul.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Lo has quitado de la nevera?
—Solo un rato.
—Ana va a acusarte de alterar el ecosistema.
Carmen sonrió.
—Mañana lo vuelvo a poner.
El delfín cabía en su mano. Era ligero. Barato. Ridículo. Pero al sostenerlo allí, bajo la luz del faro, le pareció otra cosa. Un pequeño animal guardián. Una prueba de que lo absurdo también salva.
—Me gusta -dijo Eduardo.
—Es horrible.
—Sí.
—Pero firme.
—Como tú.
Carmen lo miró.
No dijo nada.
Eduardo tampoco.
Luego él dio un paso, despacio, como quien pide permiso con todo el cuerpo.
Carmen no retrocedió.
Se besaron sin urgencia.
No fue un regreso.
No fue una promesa.
No fue una reparación total.
Fue un beso de presente.
Uno solo.
Sencillo.
Humano.
Cuando se separaron, Carmen no sintió que hubiera vuelto atrás.
Sintió que seguía avanzando.
A su manera.
Sin mapa.
Sin prisa.
Más tarde, ya sola en su dormitorio, abrió el cuaderno color arena.
Escribió:
Esta noche mi casa ha estado llena.
Debajo:
He cantado delante de otros.
Luego:
Eduardo me ha besado y no he tenido miedo.
Se detuvo.
Oyó a Ana roncar suavemente desde el salón.
Sonrió.
Añadió:
Matilde dice que canto verdad.
Cerró el cuaderno.
Después fue a la cocina.
Miró la nota rosa.
Cogió el bolígrafo.
Debajo de abrir, añadió una palabra más.
perdonar.
La lista quedó así:
Recordar:
vivir.
cantar.
quedarse.
abrir.
perdonar.
Carmen observó la palabra durante un largo rato.
No sabía si ya se había perdonado.
Tal vez no del todo.
Pero por primera vez no le pareció una obligación imposible.
Le pareció una dirección.
Volvió al balcón con el delfín en la mano.
El faro giró su luz sobre el mar.
Una vez.
Otra.
Otra.
Carmen cerró los dedos alrededor del pequeño animal azul.
Mañana sería su cumpleaños.
Y no pensó en lo que faltaba.
No pensó en lo que había perdido.
No pensó en lo que aún podía romperse.
Pensó solamente:
he llegado.
Y por primera vez, esa frase no le dolió.
[✒︎△ | @D_S_Iglesias | ☕️🖋️♟️]
🏳️🌈 DIRECTO | Emeterio Lorente y su marido Fernando González crearon en 2016 la Fundación Eddy para dar un techo a jóvenes del colectivo LGBTIQ+: "Tenemos sólo 12 plazas. Este año ya hemos recibido 300 y pico peticiones"
Qué grande la ministra Ana Redondo. Ya era hora de que alguien lo dijera. Hay expresiones que dichas desde las instituciones no aportan nada, al revés. 🏳️🌈🤍✨
@recuncho34@IdiazAyuso@AlmeidaPP_ No me he encontrado ninguno de momento en el metro. Grabaría, pondría una reclamación online y después música a todo lo que de el volumen
VOX puede radicalizarse todo lo que quiera sin que sus votantes le penalicen.
Cada vez que Feijóo da un paso hacia la derecha, Abascal da dos. Y le sigue ganando.
Feijóo no es solo el responsable de la deriva ultra del PP, es el responsable de la radicalización de la derecha
Nos acaban de informar reporteros de RTVE y de la Sexta, que el ayuntamiento del PP de València pretende abrir un expediente para quitarnos el local.
Esto es la extrema derecha.
El lunes os esperamos a las 10h en el ayuntamiento para denunciar este atropello a la democracia.
@BarreiroJmanuel@AlfonsoRuedaGal Gracias al presidente del gobierno
Esto es como lo del paro, que mal va España pero cuando baja el pro o por las comunidades...
Anda ya!!!