Uno supondría que el tiempo es un disolvente universal, pero en estas lides, solo actúa como un conservante de la pena. En resumen: otro octubre. Y la vida, con su puntualidad insultante, sigue en pie.
Queda la obligación de seguir aquí, navegando a media asta.
Y luego está el asunto irresoluble: la ausencia de guía paterna. Una carga que no se aligera y se siente tan pesada como la prosa de un político en campaña.
El bienestar sostenido no emerge de la negación del abismo,sino de la capacidad de caminar por sus bordes sin caer en la ilusión de que el abismo no existe.
Domingo agrio, con ese fondo jurídico tan académico y tan traumático que me recuerda mis propias miserias, esas que uno prefiere mantener en el sótano de la memoria pero que, de vez en cuando, suben a tomar el té.
Un domingo amargo con todo ese rollo legal de por medio que me recordó mis propios demonios, esos que uno trata de mantener guardados pero que siempre salen a joder.
Y nosotros, simples ejecutantes de una melodía que no comprendemos, seguimos tocando hasta que se nos agoten los dedos y el aliento, sin saber jamás si hemos sido músicos o simplemente ruido.