"Cuando nosotros y todas nuestras obras desaparezcan junto con todo recuerdo de ellas y toda máquina en la que dicha memoria pudiera ser codificada y almacenada y la tierra no sea ni siquiera ceniza, ¿para quién será entonces una tragedia?"
"El reconocimiento de patrones es una característica de alto coeficiente intelectual".
Es como el "ojo de loca" y el ojo clínico en la medicina. El reconocimiento de patrones en aquello que nos gusta, nos amenaza o nos impulsa a iniciar un proceso creativo.
Las videollamadas, o las llamadas en general, en Cuba, parecen sesiones espirituales:
- Yulexis, ¿estás ahí? Yulexis, si estás por ahí, responde, por favor. Yulexis, hijo. Bueno, parece que lo perdimos otra vez.
#PorUnaCubaLibre#SomosContinuidadJAJAJA
Neta 9 mil pesos para trabajar 6 días a la semana, 8 horas al día, sin prestaciones de ley, sin seguro medico para un puesto que se requiere mínimo Licenciatura?
Las ofertas laborales en México están DLV
#ÚltimaHora | 🚨 Cinco marinos y un policía estatal fueron detenidos en Veracruz, señalados por el secuestro exprés de dos personas y el presunto cobro de 130 mil pesos por su rescate
A ver, teniendo algo de tiempo libre, comento sobre este tema muy espinoso. Ya también se lo debía al doc @DrBronteroc de hace unas semanas.
Vamos con hilo.
Nací en Cuba.
A veces, por broma o por cansancio, digo que fue por equivocación.
No creo en la brujería ni en los santos, aunque mi madre sí le metía.
No me gustan los toques de bembé.
Ni las fiestas populares, ni los molotes o bullas colectivas.
Escucho poquísima música en español.
No me gustan los cantantes cubanos.
Adoro la música country desde que la descubrí.
No fumo ni tomo café. Odio el alcohol.
Me emborraché solo una vez en mi vida, a los 17 años, por estupidez de la adolescencia.
Amanecí durmiendo en los dientes de perro de una caleta en Varadero.
No creo en el racismo ni en la discriminación.
Claro que existen, y yo lo he sufrido en la piel miles de veces. Dentro y fuera de Cuba.
Pero no soporto la victimización de quienes pueden demostrar lo contrario y prefieren aislarse.
Aprendí, por mi madre, que por encima de mí solo están las nubes.
Eso ha sido suficiente para mandar al carajo a cuanto idiota se me cruza en el camino.
No apoyo a un negro porque yo lo sea.
Ni apoyo a un cubano porque tenga mi nacionalidad.
Defiendo al ser humano, sea quien sea, si creo que deba recibir apoyo.
Cometo errores, cientos, a diario, y asumo totalmente la responsabilidad de mis actos.
No creo en los grupos feministas drogados por la izquierda.
Ni en la tribu LGBT que considera más importante celebrar un mes de orgullo para quitarse la ropa que darse a respetar ante sí mismos y aceptarse como son.
Me da pavor la religión que imponga dogmas, restricciones.
Hablo de política todo el tiempo.
No veo razón para no hacerlo.
Escribo a diario. Es una necesidad personal, dentro y fuera de las redes sociales.
No lo hago para complacer a nadie, sino a mí mismo.
No pido permiso para dar opiniones.
No espero que nadie las comparta o aplauda.
No necesito loas ni felicitaciones.
Defiendo la libertad de expresión, pero en mi cuenta de X mando yo.
Si te bloqueo, es mi derecho. Si te silencio, también. Como mismo puedes hacer tú al revés.
Es mi portal, mi balcón. Si quieres gritar, hazlo desde el tuyo.
No soy patriota, ni opositor, ni activista, lo he dicho antes.
No lucho por la libertad de Cuba. Eso no existe.
La libertad es personal, y la mía me la gestioné solito, sumido en eso que en algún momento fue país.
Fui a las escuelas del régimen. Me adoctrinaron de pequeño, pero no me quebraron.
Me humillaron, me acosaron y el karma se los llevó a todos.
Abrí los ojos, luego la mente, luego el raciocinio, luego el análisis crítico.
No adoro políticos ni creo en la oposición de ningún lugar.
Nadie me representa y no aspiro a que nadie la haga.
Yo soy mi patria y mi país.
No me siento sueco ni quiero pretender encajar.
En ocasiones, muchas, muchísimas, tampoco me siento cubano.
No veo orgullo en ello, la verdad.
Mencionar la palabra en cualquier lugar despierta alarmas, sospechas, dudas.
De Cuba no extraño nada, ni su comida ni sus lugares.
Crecí en un solar que dejé atrás mientras la gente de mi generación se ahogaba en las drogas, el dominó de la esquina y la pérdida de tiempo constante.
No hice nada extraordinario: estudié, me superé, aprendí, leí.
Nunca sentí envidia de nada ni de nadie a pesar de tener menos que un cero desnudo.
Mi padre me transmitió su alegría constante.
Mi madre me la quitó con su cara de tranca perenne.
Tuve novias de todas las razas y hoy disfruto de la mejor esposa del mundo.
No sigo a la masa ni me uno a grupos u organizaciones.
Ser ermitaño fue mi mantra salvador en Cuba.
No confío en la palabra dulce ni en las historias de Mesías.
Espero poco, o casi nada, de los demás y por eso he tenido muy escasas decepciones.
Cuento historias que veo por ahí.
Me encanta descubrir mentiras sobre la revolución cubana.
Le digo a todo el que pueda que el Che Guevara fue un asesino y Fidel Castro un hijo de puta.
Sé expresarme con amabilidad y paciencia, pero tengo insultos sacados de la fosa más sucia.
No le aguanto paquetes ni velocidades a nadie.
Tengo más de lo que necesito para vivir.
Creo en el amor, en el sexo y en viajar todo el tiempo para conocer el mundo.
La izquierda, el socialismo y el comunismo deberían mudarse para otro planeta.
Me hierve la sangre cuando un idiota extranjero dice saber más de Cuba que yo.
Yo no tengo que alzar la voz por nadie porque hasta los mudos emiten sonidos de queja.
Siempre consideré a La Habana un lugar fétido y rancio.
Adoro recrearme en las imágenes antiguas de lo que fuera una capital de verdad.
No repito lo que dicen los demás.
No hago coro ni me monto en la comparsa del populacho.
En resumen, soy un tipo normal.
Cuando los cubanos pudieron ir por primera vez a un hotel, después de 2009, las escenas que se veían en los desayunos y los almuerzos eran de espanto.
La gente, literalmente, cargaba con jabas y platos para las habitaciones. Se lo querían llevar todo, se lo querían comer todo de un solo viaje. Una mesa de cubanos se conocía a la legua por la cantidad de cosas que tenía encima. Solo un cubano hambriento se servía en el almuerzo, a la vez, el entrante, el plato fuerte y el postre. Daba igual si era helado y se derretía. Había que asegurarlo en la mesa.
Los extranjeros se quedaban perplejos. El cubano formaba lío y pedía más, algo que nunca le exigió al régimen que le prohibió entrar a los hoteles durante décadas. Se llevaban los cubiertos, el papel sanitario de las habitaciones, todo lo que pudieran encontrar.
Cuando venía algún familiar del exterior y llevaban a la familia a comprar al mercado de 3ra. y 70, en Miramar, aquello era para llorar. Al centro, empujando el carrito, la madre o el padre del visitante. Alrededor de este, la abuela, el primo, el sobrino, la tía y el copón divino. Así presencié varias escenas. Un horror. A cada paso, con los ojos desorbitados hacia la izquierda y la derecha, en todos los estantes, alguien decía que sería rico probar esto o aquello. Se abalanzaban sobre algún producto y preguntaban, con voz temerosa y miserable, si se podía comprar. A esa hora aparecían los paladares y gustos más exóticos y nostálgicos.
El régimen cubano nos volvió patéticos, glotones, sin una pizca de vergüenza por nada. Hizo que viéramos en la comida nuestra razón de ser, y como nos hizo pasar tanta hambre, cada vez que tiraban una migajita la agradecíamos sin parar.
¡Yo me cago en tu revolución!