Te caes y te levantas, haces lo que puedes y llegas donde llegas. No haces daño a nadie pero te partes la cara con quien te la juega, así son las cosas.
Hay una parte de mí que no olvida.
Mi ira no es un capricho: es defensa donde nadie cuidó.
Hay brasas que no quiero apagar, porque debajo está el miedo, la tristeza... la verdad.
No es momento de soltar la espada.
Hoy, solo la sostengo. Y eso está bien.
1
Estar al borde del delirio es como que te operen la rodilla sin anestesia.
No pierdes el conocimiento. Lo ves venir. Lo sientes todo.
Sabes que algo va mal, que el impulso es peligroso, pero no puedes frenarlo.
4
La mente necesita un plan. Un objetivo.
Un delirio con justificación moral o un capricho sin disfraz.
Pero necesita moverse. Gastar. Sentir que tiene las riendas aunque no haya ni carro ni destino.
3
No hay ansiedad clásica, ni rumiaciones.
Hay un vacío ardiente que pide acción inmediata.
Y si no actúas, el cuerpo tiembla por dentro como en un síndrome de abstinencia.
2
No hay voces. No hay alucinaciones. Hay lucidez, y eso es lo más cruel.
Lucidez y una urgencia adictiva por hacer algo, lo que sea: gastar, planear, huir.
3/3
Pero usted fue el único que tuvo la cortesía de mirarme a la cara y, con una media sonrisa, decirme un educado “buenas noches” que me reconcilió con la decencia.
Muchas gracias y disculpe los 30 años de retraso.
1/3
@ArturoPerezReve Discúlpeme la impertinencia, Don Arturo. Esta será la última vez, pero llevo muchos años debiéndole el agradecimiento. Hace casi 30 años fue usted invitado a unas jornadas en la Casa de la Cultura de Caja Murcia, en Cartagena.
2/3
Yo era el joven vigilante de 19 años que la custodiaba. Usted salía rodeado de una comitiva de al menos diez personas que ni se percataron de que alguien les sujetaba la puerta.