El vacío que dejaste intentó mudarse a mi pecho y apoderarse de todo. Le preparé café, lo miré a los ojos y le dije que ya no alquilo habitaciones a los fantasmas del pasado.
Amarte fue como caminar sobre un puente de cristal; frágil, hermoso y destinado a romperse. Hoy mis pedazos cortan, sí, pero también reflejan la luz de quien ya no teme empezar de nuevo.
Aprendan a disfrutar de su propia compañía. Sean selectivos con su tiempo, dinero y espacio. Inviertan en ustedes, cancelen planes cuando no quieran ir y descansen sin culpa. Nunca se arrepentirán de elegir su paz, pero sí de quedarse donde no los valoran.
Me acostumbré tanto a su ausencia que, cuando dejó de dolerme, extrañé hasta el dolor. Hay despedidas que primero te quitan a alguien y después te quitan la versión de ti que existía con esa persona.
Lo nuestro terminó sin terminar. Ella se fue de mi vida, pero se quedó viviendo en ciertas canciones, en algunas calles y en esa versión de mí que todavía la recuerda sin querer.
Quizá pasen meses antes de volver a amar, pero cuando suceda, voy a hacerlo con una intensidad tan desmedida que parecerá que mi corazón no tuvo pasado, que nunca pronunció otro nombre y que toda esta espera solo era la forma de prepararme para alguien.
Me tocó aprender a las malas que sostener algo que se cae a pedazos solo te arrastra con él. Soltar no es rendirse, es devolverle al universo la paz que te robaste por aferrarte a un espejismo.
Me duele admitir que hubo momentos en los que estaba más preocupado por no perder a alguien que por no perderme a mí. Y mientras intentaba sostener algo que se estaba cayendo, fui soltando partes de mí que todavía estoy intentando recuperar.
A veces el duelo no empieza cuando alguien se va. Empieza cuando todavía está contigo y descubres que ya no puedes llegar hasta esa persona como antes. Estás abrazando a alguien que físicamente sigue ahí, mientras emocionalmente ya aprendió a vivir sin ti.