La lealtad merece lealtad, el respeto merece respeto y la deslealtad merece distancia. No se trata de devolver el daño, sino de aprender a reconocer quién merece un lugar en tu vida y quién ya no.
Cada quién sabe perfectamente lo que hace, por qué lo hace y hasta dónde puede llegar. También sabe lo que arriesga y lo que puede perder con cada decisión. Después no vale hacerse la víctima ni fingir sorpresa ante las consecuencias.