Hay que defender España, expulsar a los invasores y juzgar a los traidores.
Sin tibiezas, sin buenismos y sin medias tintas.
ESPAÑA POR ENCIMA DE TODO.
Si ser racista es querer que se controlen las fronteras de mi país, sí, soy racista.
Si ser racista es no querer inmigración ilegal, sí, soy racista.
Si ser racista es querer que quien venga entre legalmente, trabaje, respete las leyes y aporte, sí, soy racista.
Si ser racista es no querer que entren personas que delinquen, violan, roban o siembran inseguridad, sí, soy racista.
Si ser racista es pedir que España deje de mirar hacia otro lado mientras nuestras fronteras se desbordan, sí, soy racista.
Pero la realidad es otra: a mí me da exactamente igual de dónde seas, el color de tu piel o tu religión. Lo único que me importa es cómo te comportas. Si vienes a trabajar, a respetar este país y a cumplir las normas, bienvenido. Si vienes a delinquir o a aprovecharte del sistema, no te quiero aquí. Y eso no es odio. Eso es sentido común.