Escribo sobre cómo los hechos atraviesan a las personas, con enfoque antropológico. Actualidad y vida real. Opinión propia. Mirada crítica. Cyberflâneur
Soy periodista y escritora.
Autora del libro “Mi otra mitad”.
Escribo desde mi vida real: lo que veo, lo que vivo y lo que no se dice en los medios.
Lo personal también es político.
Crónicas, literatura, cultura, fe, poder interior y liderazgo femenino.
Sigue la historia de Chiqui, el cotorrito lisiadito... Yo fui mamá de tres, que me dieron mucho amor. Tienen el coeficiente intelectual de un niño de 6 años. Los rescataba de la estación donde los vendían en pésimas condiciones. Después denunciaba al vendedor con la policía y se lo llevaban. La policía tiene la obligación de actuar por la ley de protección animal. Y cuando volvía, lo volvía a denunciar. No volvieron más. No salvas a las catitas comprándolas, las salvas denunciando.
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Hay una frase que me resulta inquietante: "El Indio era toda mi vida".
Porque si una persona, un artista o un ídolo fue toda tu vida, entonces el problema no habla tanto del ídolo como del vacío de quien deposita en otro aquello que debería construir por sí mismo.
Ningún cantante debería ocupar el lugar de una familia, una vocación, una fe, los afectos, los sueños o un proyecto de vida. Admirar es una cosa; convertir a un ser humano en el eje de la propia existencia es otra muy distinta.
Cuando alguien dice "era toda mi vida", quizá no está describiendo la grandeza del artista, sino la pobreza de una existencia que terminó reducida a consumir una identidad prestada, entre otras cosas.
Los ídolos pasan. Las canciones terminan. Los recitales se apagan. Y cuando eso ocurre, queda al descubierto una pregunta incómoda: ¿qué había, realmente, detrás de esa devoción?
Porque una obra puede acompañarte, emocionarte e incluso marcar una época. Pero si una persona se convierte en toda tu vida, tal vez el problema no sea la magnitud del artista, sino la ausencia de una vida propia lo suficientemente rica como para que ninguna persona ocupe semejante lugar.
La culpa no fue del chancho, ¿o sí?, sino de quienes le dieron de comer.
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🐷 Respecto del chancho 👇🏼
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"Les sembraba el veneno propio de la retórica marxista, mientras vivía en una mansión en Nueva York que pagaba con recitales donde morían sus propios seguidores por ahorrarse unos pesos en la contratación de seguridad.⠀
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Que haya sido -para muchos- un gran artista, como Maradona fue un gran jugador, no los exime de lo soretes que fueron como personas. @CRIturralde1
Para ser un buen profesional, artista o deportista, primero debes ser una buena persona. @EleoValentini
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🧑🤝🧑👬 👫 Respecto de quienes le dieron de comer 👇🏼
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"No salgo del asombro. Nunca los había visto a todos juntos. Un aluvión de fisuras, borrachos, semianalfabetos, ignorantes, rústicos llorando y diciendo "El Indio era toda mi vida". Pobres vidas.⠀
Me duele la involución cultural irreversible que nos ha tocado. Tristeza nao tem fim". @LiliLili949
“RESPETO”, LAS PELOTAS
▫️Me tienen los huevos llenos los pelotudos que creen que la muerte convierte automáticamente en santos a las personas y que la popularidad les otorga mayores prerrogativas que el resto de los mortales.
▫️Ni Favaloro, ni el teniente Roberto Estevez, Ceferinco Namuncurá o Enrique Shaw tuvieron un cuarto del reconocimiento que tuvo este lucrador profesional de los pobres, que en vez de esperanza, les sembraba el veneno propio de la retórica marxista, mientra vivía en una mansión en Nueva York que pagaba con recitales donde morían sus propios seguidores por ahorrarse unos pesos en la contratación de seguridad.
▫️ Que haya sido -para muchos- un gran artista, como Maradona fue un gran jugador, no los exime de lo soretes que fueron como personas.
Como "Empreteca" egresada del Programa Internacional de Naciones Unidas dictado por Fundación Empretec Argentina @empretecarg cuyos socios fundadores son el Banco Nacion Argentina, la Unión Industrial de Argentina-UIA y la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), tuve el privilegio de participar del 🚀 "Empretec Hub", el lanzamiento oficial de la nueva Escuela de Negocios, que tuvo lugar en el Hit Polo de Palermo.
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La cultura de la Marginalidad.
La marginalidad es una condición social en la que individuos o grupos se encuentran excluidos de participar plenamente en la vida económica, política, cultural y social. Implica una falta de acceso a los recursos básicos y a las redes de decisión, lo que limita sus oportunidades de desarrollo y bienestar.
Creo que frente a esta condición, buscan empoderarse desde el lugar que pueden y con lo que tienen a mano.
La marginalidad no es solamente una situación económica. Es, ante todo, una experiencia de exclusión. Se manifiesta cuando personas o grupos quedan al margen de las oportunidades, de los espacios de decisión, del reconocimiento social y, muchas veces, hasta de la posibilidad de construir un proyecto de vida con perspectivas reales de progreso.
Quien vive en la marginalidad no solo enfrenta carencias materiales. También carga con la sensación de no ser visto, de no ser escuchado y de no formar parte de aquello que la sociedad considera valioso o digno de reconocimiento. Esa experiencia de invisibilidad puede generar frustración, resentimiento, enojo y una profunda necesidad de pertenencia.
Frente a esa condición, muchas personas buscan formas de empoderarse desde el lugar que tienen disponible. Cuando las herramientas para el desarrollo personal, la educación, la cultura, el trabajo o la participación social parecen inaccesibles, algunos encuentran identidad y reconocimiento en espacios alternativos.
En esos ámbitos pueden aparecer conductas autodestructivas o transgresoras como el abuso de alcohol o drogas, la glorificación de la violencia, el rechazo a las normas, las expresiones de odio o la exaltación de una supuesta rebeldía. No porque estas conductas resuelvan sus problemas, sino porque ofrecen algo que la exclusión les negó: visibilidad, pertenencia y sentido de identidad.
Por eso ciertos ídolos, movimientos culturales o fenómenos masivos logran convocar a multitudes que encuentran allí mucho más que música, deporte o entretenimiento. Encuentran una comunidad. Un relato compartido. Un lenguaje común. Un lugar donde sentirse comprendidos.
En el caso de muchos seguidores de figuras populares como Indio Solari, podría sostenerse que parte de la adhesión trasciende lo artístico. Para algunos, la identificación nace de haber encontrado en sus canciones una narrativa que hablaba de los márgenes, de los olvidados, de quienes no se sentían representados por los discursos tradicionales. Allí aparece un factor común poderoso: la necesidad humana de pertenecer y de darle significado a la propia historia.
Sin embargo, sería un error reducir a todos los seguidores de un artista a una única condición social. Entre quienes siguen a un ídolo existen personas de todas las clases sociales, niveles educativos y trayectorias de vida. Lo que suele unirlas no es necesariamente la marginalidad material, sino la búsqueda de una identidad compartida y de una experiencia colectiva que les permita sentirse parte de algo más grande que ellos mismos.
Tal vez la clave para comprender estos fenómenos no sea preguntarse por qué alguien sigue a un ídolo, sino qué vacío viene a llenar ese ídolo en la vida de quienes lo siguen. Porque detrás de toda adhesión masiva suele existir una necesidad profunda: ser reconocido, encontrar sentido y dejar de sentirse solo.
La verdadera inclusión no consiste únicamente en mejorar indicadores económicos. Consiste en ofrecer caminos para que cada persona pueda construir dignidad, pertenencia y propósito sin necesidad de recurrir a la autodestrucción, la violencia o la confrontación como formas de hacerse visible.
Cuando una sociedad no ofrece esos caminos, otros relatos ocuparán ese espacio. Y cuanto más profundo sea el sentimiento de exclusión, más fuerte será la necesidad de aferrarse a cualquier símbolo que permita sentirse visto, escuchado y parte de una comunidad.
Dos almas emocionalmente cansadas comienzan a encontrarse entre canciones, madrugadas y conversaciones que poco a poco empiezan a sentirse como hogar.
Lo que parecía una conexión pasajera termina convirtiéndose en algo imposible de ignorar.
Lo más real que nunca existió. Una historia que nunca alcanzó a vivirse por completo.
Conexiones que cambian tu vida y la belleza dolorosa de recordar a alguien con amor, incluso cuando nunca pudieron coincidir.
Porque amar también implica miedo. Distancia. Silencios. Decepciones.
Ella, al final aprendió que algunas personas no llegan para quedarse... Llegan para despertarte el alma.
A veces las historias más profundas no son las que terminan para siempre... sino las que jamás logran existir completamente.
Cada vez que ocurre un femicidio aparece el mismo lema: "Educa a tu hijo".
Y aunque entiendo la intención, no comparto la simplificación.
Yo no tuve que sentar a mi hijo para explicarle que matar está mal. Tampoco tuve que enseñarle que golpear, torturar o asesinar a una persona es inaceptable.
Hay valores básicos que forman parte de la empatía humana y del respeto por la vida. Reducir los femicidios a un problema de educación familiar me parece una mirada incompleta.
Si fuera tan simple, bastaría con una buena crianza para garantizar que nadie cometa actos violentos. Y la realidad demuestra que no funciona así.
La violencia extrema tiene múltiples causas: psicológicas, sociales, culturales, individuales y, en algunos casos, delictivas.
Si fuera posible educar a alguien para que nunca cometiera un asesinato, entonces no existirían criminales provenientes de familias amorosas, responsables y con buenos valores. Sin embargo, esos casos existen. Del mismo modo, muchas personas que crecieron en ambientes violentos o negligentes jamás lastiman a nadie.
Considero que citar el eslogan "educa a tu hijo" en este contexto, es de un nivel de ignorancia supino y es pasar por alto la complejidad del problema.
Podemos educar a nuestro hijo para que sea un caballero, no para que no sea un femicida.
El instinto y el impulso asesino, la personalidad psicopática, nada tiene que ver con una buena educación.
La investigación en psicología, psiquiatría y neurociencias muestra que rasgos asociados a la psicopatía —como la falta de empatía, la insensibilidad emocional, la manipulación o la ausencia de remordimiento— no pueden atribuirse simplemente a una mala educación.
No todo asesino fue mal educado. La buena educación no garantiza una buena persona.
Hay conductas que exceden cualquier consigna y requieren un análisis mucho más profundo.
La educación influye, pero no determina de manera absoluta quién será una persona ni garantiza que alguien no llegue a cometer actos violentos.
Los padres pueden transmitir valores, respeto, empatía y límites. Lo que no pueden hacer es garantizar el resultado final de la personalidad y las decisiones que tomará un ser humano a lo largo de su vida.
La educación importa, la familia importa, pero no son los factores determinantes que van a evitar desde la prevención, que no haya asesinos. No son los responsables del destino moral de una persona.
#NiUnaMenos
La cultura de la Marginalidad.
La marginalidad es una condición social en la que individuos o grupos se encuentran excluidos de participar plenamente en la vida económica, política, cultural y social. Implica una falta de acceso a los recursos básicos y a las redes de decisión, lo que limita sus oportunidades de desarrollo y bienestar.
Creo que frente a esta condición, buscan empoderarse desde el lugar que pueden y con lo que tienen a mano.
La marginalidad no es solamente una situación económica. Es, ante todo, una experiencia de exclusión. Se manifiesta cuando personas o grupos quedan al margen de las oportunidades, de los espacios de decisión, del reconocimiento social y, muchas veces, hasta de la posibilidad de construir un proyecto de vida con perspectivas reales de progreso.
Quien vive en la marginalidad no solo enfrenta carencias materiales. También carga con la sensación de no ser visto, de no ser escuchado y de no formar parte de aquello que la sociedad considera valioso o digno de reconocimiento. Esa experiencia de invisibilidad puede generar frustración, resentimiento, enojo y una profunda necesidad de pertenencia.
Frente a esa condición, muchas personas buscan formas de empoderarse desde el lugar que tienen disponible. Cuando las herramientas para el desarrollo personal, la educación, la cultura, el trabajo o la participación social parecen inaccesibles, algunos encuentran identidad y reconocimiento en espacios alternativos.
En esos ámbitos pueden aparecer conductas autodestructivas o transgresoras como el abuso de alcohol o drogas, la glorificación de la violencia, el rechazo a las normas, las expresiones de odio o la exaltación de una supuesta rebeldía. No porque estas conductas resuelvan sus problemas, sino porque ofrecen algo que la exclusión les negó: visibilidad, pertenencia y sentido de identidad.
Por eso ciertos ídolos, movimientos culturales o fenómenos masivos logran convocar a multitudes que encuentran allí mucho más que música, deporte o entretenimiento. Encuentran una comunidad. Un relato compartido. Un lenguaje común. Un lugar donde sentirse comprendidos.
En el caso de muchos seguidores de figuras populares como Indio Solari, podría sostenerse que parte de la adhesión trasciende lo artístico. Para algunos, la identificación nace de haber encontrado en sus canciones una narrativa que hablaba de los márgenes, de los olvidados, de quienes no se sentían representados por los discursos tradicionales. Allí aparece un factor común poderoso: la necesidad humana de pertenecer y de darle significado a la propia historia.
Sin embargo, sería un error reducir a todos los seguidores de un artista a una única condición social. Entre quienes siguen a un ídolo existen personas de todas las clases sociales, niveles educativos y trayectorias de vida. Lo que suele unirlas no es necesariamente la marginalidad material, sino la búsqueda de una identidad compartida y de una experiencia colectiva que les permita sentirse parte de algo más grande que ellos mismos.
Tal vez la clave para comprender estos fenómenos no sea preguntarse por qué alguien sigue a un ídolo, sino qué vacío viene a llenar ese ídolo en la vida de quienes lo siguen. Porque detrás de toda adhesión masiva suele existir una necesidad profunda: ser reconocido, encontrar sentido y dejar de sentirse solo.
La verdadera inclusión no consiste únicamente en mejorar indicadores económicos. Consiste en ofrecer caminos para que cada persona pueda construir dignidad, pertenencia y propósito sin necesidad de recurrir a la autodestrucción, la violencia o la confrontación como formas de hacerse visible.
Cuando una sociedad no ofrece esos caminos, otros relatos ocuparán ese espacio. Y cuanto más profundo sea el sentimiento de exclusión, más fuerte será la necesidad de aferrarse a cualquier símbolo que permita sentirse visto, escuchado y parte de una comunidad.
No salgo del asombro. Nunca los había visto a todos juntos. Un aluvión de fisuras, borrachos, semianalfabetos, ignorantes, rústicos llorando y diciendo "el Indio era toda mi vida". Pobres vidas.
Me duele la involución cultural irreversible q nos ha tocado. Tristeza nao tem fim.
Que la muerte de Solari no tape la realidad de siempre.
Y que en paz descanse, donde sea que esté.
Basta de Solari.
Que la muerte de Solari no nos distraiga de esta banda de individuos que creen saber mejor que el electorado qué es lo mejor para ellos.
Dos almas emocionalmente cansadas comienzan a encontrarse entre canciones, madrugadas y conversaciones que poco a poco empiezan a sentirse como hogar.
Lo que parecía una conexión pasajera termina convirtiéndose en algo imposible de ignorar.
Lo más real que nunca existió. Una historia que nunca alcanzó a vivirse por completo.
Conexiones que cambian tu vida y la belleza dolorosa de recordar a alguien con amor, incluso cuando nunca pudieron coincidir.
Porque amar también implica miedo. Distancia. Silencios. Decepciones.
Ella, al final aprendió que algunas personas no llegan para quedarse... Llegan para despertarte el alma.
A veces las historias más profundas no son las que terminan para siempre... sino las que jamás logran existir completamente.