🚨#ATENCION | En el estadio de béisbol Jorge Luis García Caneiro (O llamado Macuto) En La Guaira están ofreciendo internet totalmente gratis para aquellas personas que necesitan comunicarse, como también se armarán refugios. Es importante difundir debido a que La guaira sigue sin tener NADA de señal.
#Venezuela
Hay algo que me incomoda más que cualquier posición ideológica:
cuando una idea se defiende incluso contra la realidad.
Le hablo especialmente a quienes se definen como de izquierda o progresistas —muchos de ustedes con una sensibilidad social genuina— y les pregunto, sin ironía:
¿Qué están defendiendo hoy?
¿Personas concretas, vulnerables, con nombre y cuerpo?
¿O una idea abstracta que, cuando se encarna, siempre termina pareciéndose demasiado a lo que dicen combatir?
Porque si la ideología vale más que lo que muestran los hechos —hambre, represión, tortura, presos políticos, exilio forzado— entonces deja de ser una herramienta de justicia y pasa a ser una identidad a sostener, cueste lo que cueste.
En ese punto aparecen las frases hechas, repetidas casi como mantras:
“el avance del imperio”, “resistir al imperialismo”.
Consignas que suenan combativas, pero que se vacían de sentido cuando esa supuesta resistencia implica permitir o justificar crímenes atroces contra el propio pueblo.
Porque si resistir significa mirar para otro lado frente a la tortura, el encarcelamiento de opositores, la represión sistemática y el hambre, entonces no estamos hablando de resistencia: estamos hablando de sacrificio ajeno en nombre de una idea.
Venezuela es el ejemplo más brutal de esta contradicción.
Durante años se relativizó, se negó, se explicó con el argumento de que “es más complejo”, se corrió el eje de la discusión o se culpó exclusivamente a factores externos. Mientras tanto, el país acumuló décadas de autoritarismo, centros de detención, tortura y un éxodo masivo sin precedentes en la región.
Y acá aparece una incoherencia difícil de justificar:
muchos de los que condenan —y con razón— la última dictadura argentina, no logran aplicar el mismo criterio cuando se señala la dictadura venezolana.
Una dictadura que lleva más años, que dejó probablemente más muertos, y que sigue activa hoy.
Cuando una violación a los derechos humanos se condena o se relativiza según quién la comete, el problema ya no es político: es ético.
Se habla de “resistir”, pero ¿qué creen que viene haciendo el pueblo venezolano desde hace años?
¿No es resistencia sobrevivir al hambre, a la represión, al exilio forzado, a la persecución?
¿No es resistencia enfrentar a un régimen que gobierna mediante el miedo?
Y entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda:
¿Desde qué lugar quienes viven en democracias relativamente estables pretenden decirle a los venezolanos qué deberían sentir ante la caída o captura de su dictador?
¿Desde qué comodidad se les explica que no deberían celebrar, que deberían indignarse por formas, mientras ellos cargan con décadas de violencia real?
Cuando la defensa ideológica llega a ese punto, uno ya no está del lado de los pueblos, sino siendo funcional al poder que los oprime.
No porque se quiera dañar, sino porque se deja de mirar.
Y entonces la pregunta final es esta:
si tu proyecto político dice defender a los vulnerables, pero necesitás negar su sufrimiento concreto para sostenerlo…
¿no habrá algo de ese proyecto que merece ser revisado?
No escribo esto para convencer a nadie ni para cambiar de bando.
Lo escribo porque, desde una mirada crítica y profesional, creo que ninguna causa es justa si necesita desmentir la realidad para sobrevivir.
Y porque, cuando eso pasa, los que pagan el precio nunca son las ideas.
Son las personas.